Agencia Punto de Fuga.
Una vez que Martina se aseguró de que Valerio se había ido de verdad, sacó su celular de repuesto de debajo de la camisa.
Menos mal que tenía la costumbre de fajarse la camisa; de lo contrario, si el teléfono se hubiera resbalado y caído al suelo, ese loco de Ramírez se lo habría quitado y no habría podido ocultar nada.
Se recargó en el respaldo de su silla giratoria y dejó escapar un largo suspiro. En su mente seguía dando vueltas el momento en el Centro Comercial Avenida Central, cuando Erika fue a buscarla al baño.
Recordó la escena en el momento en que Erika acababa de llegar al lugar...
Erika entró a uno de los cubículos. De inmediato, Martina le pasó la ropa que le había preparado: una chamarra larga con capucha, lentes oscuros, un cubrebocas y una gorra.
Cuando Erika terminó de vestirse y se recogió el cabello para esconderlo bajo la gorra, Martina sacó unos tenis de su mochila y se los dio para que se los cambiara.
Una vez que Erika estuvo completamente lista, notó que la mochila de Martina había quedado vacía. Sacó su celular y escribió:
[Marti, ¿se te olvidó traer un cambio de ropa para ti?]
Martina le respondió por mensaje: [Cuando entré, traía puesto este vestido sin mangas. La camisa que llevo me la acabo de poner, con eso basta. Mete las cosas que traes en la mano a la mochila y tira la bolsa de papel en ese bote de basura.]
Al leer el texto, Erika hizo todo rápidamente, guardó sus cosas y se colgó la mochila en la espalda.
—Vámonos, Marti —dijo Erika en voz baja, tomándola de la mano.
Justo cuando estaban a punto de salir del cubículo, Martina la jaló hacia atrás y le susurró al oído:
—Como tu amiga, tengo que preguntártelo una vez más. ¿De verdad ya lo pensaste bien? ¿Estás completamente segura de tu decisión?
Erika notó que la mirada de Martina se dirigía hacia su vientre, así que se tocó el abdomen con suavidad.
Aunque los ojos de Erika estaban llorosos, reflejaban una determinación inquebrantable.
Entre ellas no hacía falta decir mucho para entenderse. Incluso sin que Erika asintiera o respondiera, Martina comprendió que no había marcha atrás en su decisión.
—Menos mal. Eso me tranquiliza —respondió Erika—. Si llega a revisar las cámaras y descubre que fuiste tú quien me ayudó a escapar, te juro que no te va a dejar en paz.
Fue hasta que se subieron al coche que Erika pudo dejar escapar un profundo suspiro de alivio.
Martina encendió el motor y le advirtió:
—Todavía no te quites nada. Adrián nos está esperando en otra calle. Pero no te preocupes, el coche que traemos hoy lo conseguí prestado a través de un montón de contactos, nadie nos va a rastrear.
Erika se dejó caer exhausta contra el respaldo del asiento. Reprimiendo el nudo en la garganta, dijo en voz baja:
—Marti, muchas gracias...
Martina, concentrada en el volante, pareció percibir el pesado estado de ánimo de Erika y prefirió guardar silencio.
Aunque en apariencia habían logrado escapar, de cierta forma sentían que habían perdido su libertad. Hasta estar completamente seguras de que Valerio había dejado de buscarla, Erika tendría que vivir escondiéndose en todas partes, como si fuera una fugitiva huyendo de la justicia.

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