Erika estaba sentada en su oficina hablando por teléfono con Leonardo:
—Leo, ¿todo salió bien con los trámites de inscripción al kínder de los niños?
Al otro lado de la línea, Leonardo respondió:
—Todo en orden. Por cierto, no tengo mucho que hacer en la tarde. ¿Qué te parece si vamos a escoger una camioneta para llevar y traer a los niños de la escuela? Como siempre, yo me encargo de las placas.
Erika guardó silencio un instante y dijo:
—Lo hablamos cuando regreses.
—De acuerdo, llego al estudio en media hora —confirmó Leonardo.
Apenas colgó, Amelia tocó a la puerta y entró con una taza de café:
—Erika, aquí tienes tu café.
Erika sonrió con amabilidad:
—¿Y bien? Amelia, ¿ya te acostumbraste a trabajar aquí?
Amelia respondió muy satisfecha:
—Por supuesto, desde el principio supe que trabajar con Erika me iba a abrir muchas puertas, jeje. Pero, Erika, ¿por qué me sigues llamando Amelia? ¿No te parece mejor decirme Meli?
—Está bien, te llamaré por tu apodo cuando no haya nadie. Ya estás de aduladora otra vez, ¿terminaste tu trabajo? —le reclamó Erika en tono de broma.
Amelia era aquella chica que trabajaba con Erika en el Estudio Lumina.
En aquel entonces, como tenía un puesto muy bajo, todos la llamaban de un lado a otro gritando: «¡Meli, Meli!».
Pero, ahora que estaban ahí, a Erika no le gustaba dirigirse a ella como si fuera una simple chica de los mandados.
—Sí, ya terminé, ya terminé. Solo que... —dijo Amelia, y corrió a ponerle el seguro a la puerta para luego continuar—: Hay un tipo en la sala de espera que lleva toda la mañana sentado ahí. Escuché que es de la empresa Grupo Horizonte.

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