Erika dejó de teclear, extendió la mano y le apretó la nariz de forma juguetona:
—Ay, Meli, ¿qué tantas cosas has aprendido aquí? Más tarde me haces una lista en papel para revisarla, porque si no, voy a creer que estando conmigo solo has aprendido a adularme.
Amelia se rio a carcajadas:
—¡Para nada, para nada! He aprendido muchísimas cosas contigo, Erika. Además de fotografía, he aprendido sobre administración, a trabajar con elegancia y paciencia, a tener siempre en cuenta el panorama general... ¡Híjole! Creo que una sola hoja tamaño carta no me va a alcanzar para escribirlo todo.
—Ya deja de decir tonterías y ponte a trabajar —la apresuró Erika en broma.
—¡A la orden! ¡Voy de inmediato!
***
Cerca del mediodía.
Leonardo llamó a la puerta y entró en la oficina de Erika:
—Eri, el Grupo Horizonte mandó hoy a su gerente de negocios. Ya los habíamos rechazado antes, ¿cierto? Pues hoy parece que traen una oferta bastante seria.
Erika hizo una pausa y le preguntó con amabilidad:
—¿Quieres aceptar el trato?
Leonardo negó moviendo el dedo índice:
—No, no, no. Solo vine a informarte de la situación.
Erika sonrió levemente:
—Usaste muy bien la palabra «informar», pero no la vuelvas a usar.
Leonardo soltó una carcajada vibrante:
—Está bien, está bien. Quién iba a decir que también tienes sentido del humor... En fin, ya volví a rechazar al Grupo Horizonte. Sin embargo, me tomé la libertad de tomar una decisión por mi cuenta. Échale un vistazo a este documento.
Dejó la carpeta sobre el escritorio y caminó hacia el sofá para sentarse, sin dejar de hablar:
Erika apoyó los codos con lentitud sobre el escritorio y se cubrió el rostro con ambas manos. Su espalda, siempre erguida, pareció perder toda su fuerza.
—¿Eri? ¿Qué te pasa? —preguntó Leonardo, tratando de tantear la situación.
La reacción de Erika lo había asustado bastante; lucía como si hubiera recibido un golpe devastador.
La había visto ansiosa por sus hijos y estresada por el trabajo, pero jamás con una actitud como esa.
Leonardo caminó hacia el otro lado del escritorio, jaló una silla y se sentó.
Su mirada se desvió de reojo hacia la carpeta que acababa de entregar; una esquina estaba tan arrugada que casi se rompía.
Era evidente que el documento estaba en perfectas condiciones cuando se lo dio.
—¿Acaso... hay algún problema con este contrato? —preguntó Leonardo con mucha precaución.
Erika hizo un esfuerzo sobrehumano por controlar sus emociones. Después de un largo rato, levantó su rostro afligido y miró a Leonardo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón