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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 300

Leonardo le echó un vistazo a Erika, que se había quedado con la mirada perdida, y le preguntó en voz baja a Amelia:

—¿Qué pasó, Meli?

Amelia apretó los labios con algo de nerviosismo. No estaba segura de qué tanto sabía él sobre el pasado de Erika.

Aun así, era evidente para todos que Leonardo siempre había tratado a Erika de maravilla.

Su interés no tenía ninguna mala intención; de hecho, más bien la cuidaba como si fuera su propia hermana menor.

Amelia tanteó el terreno antes de hablar:

—Erika...

Al ver que Erika no le respondía, supuso que, estando las cosas como estaban, no se iba a enojar si soltaba la verdad.

—Erika, ¿entonces le cuento al señor Romero?

Ella siguió sin decir palabra, pero tampoco hizo ningún gesto para detenerla.

De pronto, Erika se levantó de la silla, se puso bien el cubrebocas y la gorra, y dijo con un hilo de voz:

—Voy al baño.

En cuanto ella cruzó la puerta de la oficina, Leonardo insistió:

—Meli, ¿ya viste cómo se puso Eri? Ándale, cuéntame todo lo que sepas de una vez. Y sin censura. Se me hace que alguien le hizo alguna fregadera. Tú nomás dime y yo me encargo de hacer justicia.

Amelia guardó silencio un instante, tomó aire y acabó por confesarlo todo:

—Señor Romero, Valerio Ramírez de Grupo Ramírez es el exesposo de Erika.

—¡¿Qué?! ¿A poco el tal Valerio estuvo casado? ¡Si siempre lo venden como el soltero de oro empedernido!

Leonardo no lo podía asimilar. Agarró su vaso de agua y se tomó unos cuantos tragos de jalón. Sobre todo, no le cuadraba porque Erika le había dicho antes que estaba viuda.

«No quiero ni imaginar si se atrevió a ponerle una mano encima a Erika», pensó.

En medio de sus sombrías cavilaciones, la puerta de la oficina se abrió sin hacer ruido.

Erika entró de la misma manera que salió, a paso tranquilo y medido.

En lugar de dirigirse hacia el escritorio, caminó directamente a los ventanales de piso a techo y se quedó parada ahí, con la espalda recta, mirando hacia los grandes corporativos con una expresión nostálgica y llena de vacío.

Leonardo cruzó una mirada silenciosa con Amelia. Ella entendió el mensaje al instante, asintió y se retiró de la oficina.

Leonardo le dio un último trago a su vaso, se levantó lentamente y caminó hasta detenerse junto a Erika.

Observando exactamente el mismo paisaje a lo lejos, se quedó mudo por un buen rato y, finalmente, rompió el silencio:

—Eri... al principio, cuando quise fundar la empresa, mi familia se puso fiera. ya sabes, insistían en que no iba a lograrlo. Lograr levantar todo esto sirvió para demostrarles de lo que soy capaz. Y claro, el cincuenta por ciento de todo ese mérito te lo debo a ti. Creo que yo también puedo echarte la mano con este problema tuyo.

Erika le dio un pequeño vistazo de reojo. A esas alturas, su cara, que antes había estado más pálida que la misma cera, se veía bastante mejor; de hecho, parecía estar casi peligrosamente calmada.

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