Al poco tiempo, Diego llegó corriendo por uno de los pasillos.
Abrió la puerta del coche, se sentó en el asiento del conductor y, girándose hacia la parte trasera, preguntó con preocupación:
—Señor Ramírez, ¿cómo le fue?
—Tú qué crees —respondió Valerio con frialdad, con la mirada fija en la pantalla de su celular.
Diego levantó el pulgar, bastante animado, pero antes de que pudiera celebrar, Valerio añadió:
—Una persona que lleva años escondiéndose de ti, ¿crees que te va a hacer caso?
Diego se quedó sin palabras.
Ante el sarcasmo, Diego bajó la mano algo apenado y se aclaró la garganta y dijo:
—Señor Ramírez, no se preocupe, yo le ayudo.
—¿Y tú qué vas a saber? ¿Acaso eres experto en mujeres? —Valerio ni siquiera levantó la vista del celular.
Diego no supo qué contestar.
Tragó saliva y se atrevió a sugerir:
—Señor Ramírez... para empezar, podría intentar cambiar su forma de hablarle.
Apenas iba a la mitad de la frase cuando vio que Valerio levantaba la vista hacia él. Sus ojos entrecerrados dejaban entrever un brillo peligroso.
Diego se apresuró a corregir:
—Me refiero... me refiero a que, cuando platique con la señora Erika, podría ser un poco más amable...
Valerio frunció el ceño y un destello de inusual suavidad cruzó por su fría mirada.
Se quedó en silencio un momento antes de cambiar de tema:
—¿Ya revisaste la tarjeta de circulación del coche que maneja?
Diego lo miró de reojo y respondió con cuidado:
—Sí, ya lo chequé. Efectivamente, está a nombre de Leonardo.
—Leonardo... —murmuró Valerio, frunciendo aún más el ceño—. ¿Estás seguro de que es ese Leonardo, el dueño de Tiempo Efímero?
A Diego le latía el corazón a mil por hora. Estos días había estado investigando sin descanso y sentía que había descubierto un secreto explosivo.
Pero no se atrevía a decir nada en ese momento, así que solo respondió con respeto:
—Sí, señor Ramírez.
Valerio se acomodó la camisa y ordenó con voz calmada:
—Bien. Sigue investigando.
—Entendido, señor Ramírez. Mañana mismo organizo toda la información y se la envío a su correo electrónico personal.
Diego encendió el motor y condujo con suavidad hacia la salida.
Apenas salieron del estacionamiento subterráneo, la voz de Valerio volvió a resonar desde el asiento trasero:
—¿Ella vive aquí? ¿En qué piso?
Sus besos bruscos, casi agresivos, y la forma en que la sujetaba con tanta fuerza...
La respiración agitada de él rozando su oreja...
Y cómo, mientras ella forcejeaba, él la mantenía inmovilizada contra su cuerpo. La obligó a sentarse sobre sus piernas, y ese...
Erika se frotó la cara, frustrada, y empezó a echarse agua en el rostro para despejarse.
Todo eso había sido una alucinación.
Debería sentir asco y rechazo, tal como lo demostró al limpiarse los labios de inmediato.
A lo mucho, era solo la reacción instintiva de una mujer adulta ante una provocación tan directa.
En resumen, no importaba cuántas excusas le diera a esa escena en su cabeza, ¡era imposible que sintiera algo por él!
Cuando por fin salió de la tina, las dos niñeras ya se habían ido a dormir.
Caminó de puntillas hacia la habitación de los niños. Al verlos durmiendo plácidamente, una sonrisa cálida se dibujó en su rostro.
Estos últimos días había estado ayudando a Martina a organizar el funeral de la mamá de Adrián, así que casi no había podido estar con ellos.
Y con el fin de semana a la vuelta de la esquina y el inicio del rodaje, el tiempo que pasaba con ellos iba a disminuir aún más.
Erika les acarició la cabeza a cada uno y les dio un beso de buenas noches.
Si algún día Valerio descubría la verdad y quería quitárselos, ¿tendría ella la fuerza para impedírselo?
Erika se recargó en la barandal de la camita, soltó un suspiro incontrolable y sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.

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