Al escuchar ese nombre, Diego se giró y caminó rápidamente a recibirlo. Viendo esto, Teo no tardó en ir detrás de él.
Amelia, que se había mantenido en silencio todo el tiempo, echó un vistazo y se acercó a Erika para susurrarle al oído:
—Erika, ¿y si pagamos ya y nos vamos rápido?
Erika le dio unas palmaditas en el brazo:
—Ya dije que no voy a huir, y no lo haré.
Acto seguido, le regaló una sonrisa a Amelia y le preguntó:
—¿Tú te dejarías de un cobro así de abusivo?
Amelia bajó la voz aún más:
—¡Híjole, Erika! Me pone nerviosa hasta sentarme a comer aquí, ¿cómo crees que voy a atreverme a decir algo? Ahora que, si fuera un puesto de tacos y me estuvieran cobrando dos de más, ahí sí me le pondría al tiro al taquero.
—Por eso mismo —respondió Erika—. ¿A cuántos crees que ya les han visto la cara? No todos los que vienen aquí son millonarios o gente poderosa. También vienen muchas parejas de jóvenes a sus citas...
En ese momento, comenzaron a acercarse otros clientes a la caja. El joven mesero que las había atendido corrió hacia ellas.
—Señorita, muchas gracias por ayudarme —dijo hablando a toda velocidad—. Yo solo trabajo aquí para pagarme la escuela. El gerente es de los que te cobran extra dependiendo de cómo te vea vestido. Normalmente, eso de la tarifa por mesa ni siquiera existe.
Amelia bajó la mirada para ver su propia ropa humilde y arrugó el ceño:
—¿Ah, conque así se las gastan? Seguramente fue mi culpa por venir tan mal arreglada...
El mesero le sonrió con impotencia.
Erika miró de reojo a lo lejos, regresó la vista al muchacho y le advirtió con tono amable:
—Joven, si sigues platicándome esto te van a despedir. Ahí vienen; mejor regresa a tu trabajo.
—No me importa —respondió el chico—. Ese señor que se llama Diego a veces viene a revisar el restaurante. En cuanto pasen por aquí, se los voy a soltar todo.
—¿Y no te da miedo que estén coludidos? —le preguntó Erika.
—No pasa nada, si me corren, me consigo otro trabajo. Además, por cómo salieron volando a recibir a ese otro hombre, yo creo que él ha de ser el dueño.
Hasta entonces, Valerio desvió la mirada hacia el joven mesero y le dijo:
—Tienes un minuto.
El muchacho no perdió tiempo y le relató exactamente todo lo que había sucedido, agregando al final:
—Señor, si esa es la política de cobro de su restaurante, haga de cuenta que no dije nada.
Valerio le lanzó una mirada penetrante a Teo, quien intentó excusarse con cara de desesperación:
—Señor Ramírez, escúcheme por favor...
—¡Diego! —Valerio cortó a Teo en seco con voz helada e instruyó a su asistente—: Ocúpate de este asunto.
—Sí, señor Ramírez —Diego asintió e inmediatamente le preguntó a Teo—: ¿En dónde está tu gerente general?
—Él... él debe de estar en su oficina —tartamudeó Teo.
Diego se encaminó directamente a la oficina del director del lugar. Teo trató de seguirlo balbuceando excusas, pero el asistente le clavó una mirada asesina que lo obligó a guardar silencio y seguirlo con la cola entre las patas.

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