Tras el pitido de la máquina, Erika sopesó el aparato en la mano sin perder el tono burlón:
—Para la próxima consíguete equipo más moderno. Hay fonditas que tienen lectores de mejor calidad que este.
Y, apenas terminó de hablar, jaló a Amelia de la mano:
—Vámonos.
Mientras caminaba, Erika iba pensando que, si a ese desgraciado se le ocurría seguir molestándola, ¡estaba dispuesta a armarle un escándalo nivel Penélope!
—No nos siguió. ¡Erika, qué valiente te has vuelto! —comentó Amelia en voz bajita mientras le seguía el paso medio trotando.
—¿Qué? ¿A poco antes era una miedosa? —le contestó Erika.
—Tal vez elegí mal la palabra. Quería decir "implacable", jaja, lo hiciste excelente.
—¡Qué ocurrente eres! —Erika le dio un leve empujoncito. Para entonces, ya habían llegado a la zona de los elevadores.
Justo cuando se metían en uno, el elevador contiguo soltó un sonido de aviso y abrió sus puertas.
Erika no pudo evitar mirar hacia allá y, al cruzar la mirada por un instante, se quedó helada.
Pudo notar a la perfección que la persona que bajaba del elevador de al lado era idéntica a Chlóe, la novia de Leonardo.
Una vez que subió a la cabina, cuanto más le daba vueltas a la imagen en su mente, más segura estaba de que era ella.
¿Chlóe ya había vuelto a la ciudad?
¿No se suponía que llegaba hasta unos días después?
Erika apretó el botón de abrir rápido, pero las puertas ya se habían cerrado y el elevador iba bajando.
—Erika, ¿crees que era Chlóe? —le preguntó Amelia, confundida al ver su expresión de angustia.
—Sí... ¿Tú alcanzaste a verla bien? —respondió Erika.
—Le eché ojo de pasadita y la verdad sí se me hizo parecida. Mejor hay que preguntarle al señor Romero en cuanto salgamos.
Erika asintió con la cabeza, aunque con un gesto extrañado.
Si no le fallaba la memoria, antes de salir de la oficina ese mismo día, Leonardo le había dicho claramente que Chlóe regresaría dentro de un par de días.
¿Habría adelantado su regreso por sorpresa?
Colgó la llamada y frunció el ceño con inquietud. «Quizá de verdad me confundí», pensó.
Se quedó unos instantes en silencio hasta que se dirigió a su amiga:
—Amelia, adelántate tú al estudio. Voy a dar una vuelta para ver un pendiente y no tardo en regresar.
Amelia le dio una mirada preocupada a los moretones que aún traía en la frente:
—Órale pues. ¿Vas a pasar por tu coche? ¿Ya te fuiste a checar de nuevo ese golpe en la cabeza?
—Sí, justo voy a recoger el carro y me doy una vuelta a que me lo revisen. No te preocupes por nada —asintió Erika.
Se quedó parada mirando cómo Amelia se trepaba a un taxi y enseguida le hizo la parada a otro para ella misma.
Cuando llegó a la dirección que le había mandado Ricardo, pudo distinguir su auto a la distancia, el cual estaba estacionado en la entrada de la agencia.
Le pagó al taxista y caminó a paso rápido hasta el frente del local.
Considerando que esa tarde casi no había nada qué hacer en el trabajo, en cuanto le entregaran el coche tenía en mente lanzarse directito a la Clínica Renova.

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