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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 352

—Amelia, por ahora no le digas nada de esto a Leonardo. Déjame pensar qué podemos hacer —dijo Erika, interrumpiendo los pensamientos de su asistente con una voz grave.

—Sale, Erika. Pero no te agobies. ¿Qué tal si lo platicamos con Martina a ver qué opina? —sugirió Amelia, con la voz entrecortada.

Erika esbozó una sonrisa amarga y le respondió con un tono lleno de paciencia:

—Amelia, nadie mejor que tú sabe todo lo que he tenido que pasar en estos años. Yo... les debo demasiado a todos. Y no olvido todo el amor que le han dado a mis hijos... Pero ahorita ya estoy mucho mejor en todos los sentidos y hay cosas que me toca enfrentar sola.

Al decir esto, los ojos de Erika se llenaron de lágrimas. Amelia comprendió su sentir y asintió lentamente.

Para no hacer sentir peor a Erika, Amelia miró hacia el techo, tragándose el nudo en la garganta y tratando de sonar relajada:

—Pero, Erika, si no le decimos a Martina el broncón que traemos, ¿no crees que se vaya a enojar contigo después?

—No pasa nada, con ella me arreglo. Al fin y al cabo, esto es solo una negociación. No es la primera vez que pasamos por algo así. Todo va a estar bien, ya lo verás —suspiró Erika con fuerza, y su tono pareció relajarse un poco.

Dicho esto, Erika volvió a su escritorio, se sentó y abrió rápidamente una carpeta en su computadora.

Tras revisar minuciosamente los archivos, sintió que el peso en su pecho disminuía un poco.

Pero esos documentos no le daban una garantía absoluta.

Definitivamente tenía que darse una vuelta por Grupo Ramírez.

Con eso en mente, tomó su celular y marcó el número de Diego.

Sonó varias veces antes de que contestaran:

—¿Bueno? ¿Con quién hablo?

—Hola, Diego. Soy Erika —respondió ella, utilizando su tono más profesional y frío.

Ella se sabía el número de Diego de memoria, pero su propio contacto solo lo tenían unas cuantas personas de confianza.

—¡Señora! ¿Qué necesita? Estoy a sus órdenes —exclamó Diego, con una voz llena de emoción y familiaridad.

Al escuchar que la seguía llamando «señora», Erika endureció su tono de inmediato:

Si agendaba para hoy, tendría que ser fuera del horario de oficina, lo cual no era prudente.

¿Tendría que ser mañana, entonces?

Con esa idea en mente, su voz gélida volvió a sonar:

—Mañana a las nueve de la mañana estaré puntual en las oficinas de Grupo Ramírez.

Sin embargo, Diego no respondió de inmediato.

Erika esperó pacientemente unos segundos hasta que él por fin habló:

—Señorita Milán, el señor Ramírez pidió que se vieran hoy a las siete de la noche en el Café Bella Vista, en la Calle del Laurel. Lo que pasa es que mañana a primera hora tiene que volar a Oricalco por negocios.

Erika dudó un momento al escuchar eso, y Diego aprovechó para agregar:

—Además, cuando el señor Ramírez viaja para allá, nunca sabemos cuánto tiempo se va a tardar en regresar. Señorita Milán, ¿prefiere esperarlo a que regrese o...?

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