Ese collar de verdad era muy importante para ella.
Penélope le había contado que lo llevaba puesto desde que era bebé.
¿Y si el collar estaba entre sus cobijas cuando Penélope la intercambió? ¿Sería un amuleto que sus padres biológicos le dieron para celebrar su nacimiento? ¿Acaso la familia de la que la habían separado reconocería esa joya?
Aunque, pensándolo bien, la malvada de Penélope había sido capaz de intercambiar a dos bebés. Si fuera un recuerdo de sus verdaderos padres, seguro que ya lo habría echado a la basura hace años, ¿no?
Fuera como fuera, al menos era una pista.
Mientras Erika estaba inmersa en sus pensamientos, de pronto escuchó que Valerio le decía:
—Aunque no me respondas, te lo puedes llevar.
Erika vio que le volvía a extender el brazo; su tono de voz no solo era suave, sino que sonaba sincero.
Lo miró de pies a cabeza con evidente incredulidad. ¿Acaso ese infeliz había intercambiado de cuerpo con alguien más? ¿Desde cuándo se portaba así?
Estiró la mano despacio, pensando que si él volvía a quitarle el estuche como hace un momento, se le iba a ir encima a jalones de pelo para que conociera de primera mano la educación que le había dado Penélope.
Pero él no se movió, y ella por fin logró tomarlo.
Erika trató de disimular la alegría y la emoción en su rostro. Lo abrió de inmediato y ahí estaba: ¡el collar seguía intacto!
Cerró el estuche de terciopelo de golpe, se lo guardó en la bolsa y le contestó a Valerio con tono indiferente:
—Seguro no me vas a creer, pero tengo este collar desde que era niña. Es lo único que sé. Me retiro.
Dicho eso, Erika abrió la puerta y salió sin mirar atrás.
Diego esperó con respeto hasta que se alejaron antes de entrar a la sala.
***
Ya había anochecido por completo, pero la ciudad seguía iluminada por las luces nocturnas.
—Hermana... —murmuró Samuel, cada vez más apagado.
Erika alternó la mirada varias veces entre Samuel y esos tipos con cara de pocos amigos. Sintió que el miedo empezaba a recorrerle el cuerpo.
Nunca en su vida se había enfrentado a algo así. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¡¿Por qué nadie llamaba a la policía?!
—¿Su hermana? ¿Eres la hermana de Samuel? —preguntó de forma arrogante un tipo robusto y con cicatrices en la cara que estaba entre el grupo.
Amelia notó que Erika estaba tensa. Ella también moría de miedo, pero se armó de valor y respondió con la voz temblorosa:
—Él... él se equivocó de persona, no lo conocemos.
Tras decir eso, Amelia se agachó de inmediato para quitarle las manos de Samuel de la ropa de Erika. Sin embargo, Samuel se aferró con más fuerza, como si fuera un moribundo que se aferra a su última esperanza.
Pero su cuerpo parecía tener muchas heridas; estaba arrodillado, a punto de colapsar en cualquier segundo, balbuceando incoherencias a causa del dolor:

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