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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 363

—Ella es mi hermana... mi hermana... Erika... ¿No estás muerta? ¡¿De verdad no estás muerta?!

En cuanto Samuel terminó de hablar, un tipo con el cabello pintado de rubio saltó de entre la bolita, agarró del brazo a Amelia y la empujó con brusquedad.

Amelia trastabilló varios pasos y terminó chocando contra la puerta del carro por el impulso.

Todo pasó tan rápido que Erika, que seguía pensando en cómo salir de ahí, ni siquiera pudo intentar detenerlo.

Era increíble que esos delincuentes se atrevieran a ser tan descarados en plena calle, con tanta gente pasando.

Aunque nunca se había metido en problemas así, sabía perfectamente que esos cobardes solo se aprovechaban de los más débiles.

Sin pararse a pensar en los riesgos ni en las consecuencias, Erika levantó la mano y le soltó una bofetada al rubio.

Eso fue suficiente para hacer explotar al tipo. El hombre sacó una navaja pequeña y apuntó directo a Erika.

Sus compañeros también empezaron a acorralarlas. Erika, jalando a Amelia, no tuvo más remedio que retroceder hasta quedar pegada a la puerta de su propio coche.

Tirado en el suelo, Samuel se arrastró para no soltar a Erika.

Cuando el rubio amagó con atacar a Erika, el líder del grupo levantó la mano para indicarle que retrocediera.

El rubio se frotó la mejilla. Sus ojos echaban chispas de coraje y dijo, apretando los dientes:

—Jefe, antes de que llegue la policía, vamos a llevárnoslas también a ellas. Esta vieja se ve que tiene lana. Mírele el coche y cómo viene vestida. Seguro podemos sacarle un buen billete.

Luego, se dirigió a Erika:

—Ahorita vas a ver lo que te pasa por haberte metido conmigo.

En un instante, los tipos se abalanzaron sobre ellas. Sujetaron a Erika y Amelia de los brazos para intentar arrastrarlas hacia el otro lado de la calle.

—¡Órale! Jugando al héroe, ¿no? Qué original —se rio uno.

—Sí, güey. Ya se quitó las mancuernillas de la camisa, ¿por qué no mejor te la quitas toda?

—¡Ahhh!

Sus burlas apenas duraron unos segundos antes de que uno de los malandros lanzara un alarido de dolor.

—¡¿Qué esperan para correr?! —gritó Valerio.

Erika, que estaba muerta de miedo, reaccionó al instante ante el grito: ¡tenían que salir de ahí!

Aprovechando que la atención de los tipos estaba puesta en Valerio, se zafó del agarre con rapidez, agarró a Amelia y echó a correr hacia su coche.

Preocupada de que aún no fuera un lugar seguro, corrió hacia los escalones de una cafetería cercana. Una vez que logró resguardarse entre la multitud de curiosos en los escalones, Erika miró a la distancia.

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