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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 364

Al otro lado de la calle se había juntado una gran bola de gente.

En el centro, se veía la figura atlética de Valerio moviéndose a toda velocidad entre los delincuentes.

Soltaba puñetazos y patadas con tal rapidez y fuerza que tan solo de ver los impactos ya dolía.

Poco después, Diego se unió a la pelea...

En un abrir y cerrar de ojos, los malandros terminaron tirados alrededor de los coches, suplicando piedad a gritos por toda la calle, acompañados por los aplausos y chiflidos de los espectadores.

—¡Lárguense! —les ordenó Diego.

Los tipos, ayudándose unos a otros, se levantaron a trompicones del suelo, se subieron a la furgoneta y huyeron como ratas.

Erika dejó la mirada fija en Valerio, que por fin había dejado de pelear.

En ese momento, emanaba una presencia tan intimidante que ponía los pelos de punta.

Era la primera vez que lo veía pelear, y tenía tanta agilidad que parecía más bueno en eso que el mismísimo Diego...

Si no fuera por el enorme resentimiento que le guardaba, habría aceptado que el muy cabrón se veía hasta más guapo peleando que jugando al basquetbol...

Al notar que Valerio volteaba a ver hacia donde ella estaba, Erika desvió la mirada al instante.

Se giró hacia Amelia para revisarle la espalda y le preguntó preocupada:

—¿Dónde te pegaste hace rato? ¿Estás bien? Te llevo al hospital para que te chequen.

Amelia agitó las manos, restándole importancia al asunto.

—Erika... no tengo nada, nomás me dolió el golpe en el momento.

Sin embargo, en cuanto se fijó en el brazo ensangrentado de Erika, pegó un grito.

—¡Ay, no manches! Por andar de chismosa viendo la pelea se me olvidó buscarte algo para vendarte.

Dicho eso, Amelia se dio la vuelta y se echó a correr hacia el interior de la cafetería.

Hasta ese momento Erika se acordó de su propia herida. Tenía un corte del tamaño de un dedo del que seguía escurriendo sangre.

—Gracias por salvarme, pero no hace falta.

Una vez que reaccionó, Erika se soltó del firme agarre y respondió con una tranquilidad que escondía cierta incomodidad.

En ese momento, Amelia regresó corriendo con un botiquín de primeros auxilios. Erika caminó hacia un bote de basura que estaba junto a la entrada.

—Amelia, voy a dejar el brazo así, échame esa agua oxigenada para limpiarme la herida —dijo Erika, manteniendo el brazo sobre el bote de basura sin voltear atrás.

Cuando vio la botella de solución aparecer en su campo visual, toda su atención se centró en el corte.

No fue hasta que casi se había terminado el líquido que Erika se dio cuenta de que la mano que sostenía la botella no era de Amelia.

—Aguanta un poco —le advirtió Valerio en voz baja.

Erika frunció el ceño y volteó; Amelia solo encogió los hombros con impotencia y, con la mirada, le dio a entender que Valerio le había arrebatado el botiquín.

Erika regresó la vista al frente y vio a Valerio acomodando una gasa sobre su herida.

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