Valerio, desde el asiento del conductor, miraba de vez en cuando por el espejo retrovisor. Al verlas susurrar entre ellas, con el rostro lleno de tensión, esbozó una sonrisa indescifrable.
***
El coche llegó rápidamente al área de urgencias del hospital.
Erika corrió apresurada hacia las ventanillas de registro.
—Amelia, parece que esa fila avanza más rápido, vamos a formarnos en una cada quien.
—Sí, Erika, no te angusties —dijo Amelia—. En internet casi todos dicen que es muy difícil que esa bacteria sobreviva al aire libre.
Erika miró la larguísima fila. Al escuchar los pasos acelerados de los enfermeros empujando un carrito de reanimación a lo lejos, de pronto se acordó de Samuel.
Erika sacó su celular de inmediato y marcó el número de Diego.
—Diego, esto pasó de repente y qué pena molestarte, pero, ¿podrías hacerme un favor?
Del otro lado de la línea se escuchó ruido de fondo, seguido de la voz respetuosa de Diego.
—Señorita Milán, solo dígame qué necesita. Además, ya me encargué de lo de Samuel, los doctores lo están atendiendo. Dejaré a alguien vigilando aquí, no se preocupe.
Erika dudó un momento y habló con un tono suave.
—Gracias, mañana mandaré a alguien a cubrir los gastos. Solo que... cuando despierte, por favor, Diego, dile que lo viste herido en la calle y lo ayudaste de buena fe. Si pregunta por mí, dile que no sabes nada, que no me viste...
Erika no terminó la frase porque por el rabillo del ojo notó una figura alta. Su mano, que sostenía el celular, se quedó congelada en el aire.
Era Valerio...
¿Qué no había ido a estacionarse? Con lo inmenso que era el estacionamiento y los pocos lugares que había, ¿cómo le hizo para acomodar el coche y volver tan rápido?
En ese instante, la voz de Diego resonó en el celular.
—Señorita Milán, ¿por qué? ¡¿Acaso su familia todavía no sabe que sigue viva?!



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