Erika le relató lo sucedido al doctor y aprovechó para consultarle sus dudas con evidente preocupación. El médico consideró que estaba exagerando y le aseguró que, tras desinfectar y vendar la herida, no habría mayor problema.
Erika soltó un suspiro de alivio, pero al darse cuenta de que Valerio la había engañado a propósito con la gravedad del asunto, volvió a sentir un nudo de coraje.
Amelia asomó la mirada por un hueco de la cortina. Al confirmar que Valerio no estaba cerca, susurró.
—Erika, me moría por hablar en todo el camino. ¡Híjole! Me pegaste un susto tremendo cuando te atreviste a devolverles el golpe. Si no fuera por ese señor Ramírez que nos salvó, no me quiero ni imaginar qué hubiera pasado. Si nos hubieran subido a la camioneta... uy...
Al decir eso, Amelia no pudo evitar un escalofrío.
Las palabras de Amelia hicieron que Erika sintiera un frío recorriéndole la espalda. Realmente, las consecuencias habrían sido terribles.
Las dos platicaron un rato más sobre el susto, hasta que Amelia preguntó lo que le rondaba por la cabeza.
—Oye, Erika, ese... ¿ese que estaba tirado en el piso de verdad es tu hermano?
Al ver que habían terminado de vendarla, Erika se puso de pie y dejó escapar un suspiro. No sabía cómo explicarle a Amelia todo su pasado con la familia Milán. Tras un breve silencio, contestó en voz baja.
—No es de sangre. Luego te platico bien cómo está el asunto.
Amelia asintió varias veces y continuó hablando.
—Erika, hace rato en el coche me fijé en las manos del señor Ramírez. Tenía los nudillos manchados de sangre. No sé si era por haber golpeado a esos tipos o si se lastimó.
Erika salió del cubículo, apartando la cortina con una actitud indiferente.
—Aunque nos haya ayudado, no tengo intenciones de cruzar palabra con él. Mañana que vayas a entregarle a Diego el dinero para los gastos médicos de Samuel, cómprale una caja de curitas al tal Ramírez. No vaya a pensar que somos unas malagradecidas, ¿no crees?
Amelia enmudeció.

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