Valerio se acomodó en el asiento trasero del coche, recargándose con aire relajado.
—¿Y tú qué opinas de eso? —cuestionó con voz tranquila.
Diego se subió al asiento del conductor y aferró el volante. Frunció el ceño, pensando con cuidado las palabras que estaba por soltar.
Tras una breve pausa, le respondió con respeto.
—Señor Ramírez, hay cosas que me he guardado por mucho tiempo, pero...
—Habla —ordenó Valerio con firmeza.
Diego se giró un poco para verlo cara a cara.
—Señor, puede que lo que diga a continuación no le guste mucho, pero...
Antes de que pudiera terminar, Valerio entrecerró los ojos, dándole a entender con la mirada que se dejara de rodeos.
Diego tragó saliva y fue directo al grano.
—Señor, ¿no cree que la señora Milán trata muy distinto a la señorita Milán en comparación con los gemelos? Aunque no me constan muchos detalles, recuerdo aquella vez en la calle... Penélope la golpeó con una rabia terrible. Tratándose de su propia hija, siendo ya una adulta, esa señora...
Diego hizo una pausa y prosiguió.


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