Amelia era fiel compañera de Erika, así que adoptó de inmediato su misma pose de serenidad para responderle.
—Así es, Diego. Aprovecho para agradecerte lo que hiciste en ese momento. Pero me llama la atención algo, ¿por qué le sigues diciendo «señora» a Erika? Se divorciaron hace años, ¿o me equivoco? Si alguien te escucha diciéndole así, le vas a generar puros chismes a nuestra amiga.
Él esbozó una sonrisa un tanto forzada y se disculpó.
—Se me salió por la costumbre, perdón. Dime... ¿llevas muchos años trabajando con ella?
—Ni intentes sacarme información —le soltó Amelia con desdén—. Sin comentarios.
—¿A poco no te das cuenta de que el señor Ramírez sigue enamorado de ella? —le insistió el asistente.
—¡No me he dado cuenta de nada! —se burló Amelia sin piedad—. ¿Y si así fuera, qué? Hay una fila enorme de hombres muertos por Erika. El gran señor Ramírez solo es intocable en tu burbuja, amigo.
Diego se quedó sin palabras ante semejante cerrón de boca.
Recordar aquel intercambio le provocó a Amelia una sonrisa de oreja a oreja.
Tratarlo con la misma frialdad que Erika usaba había sido una de las experiencias más satisfactorias de su vida.
Si lograra mantener esa actitud tan imponente siempre, jamás volvería a hacer corajes.
Llena de entusiasmo, retomó la palabra.
—Erika, quita esa cara. A partir de hoy, lo que venga, lo enfrentamos. ¡Mejor piensa que tus chiquitines te están esperando en la casa! ¡A poco no se te alegra el corazón nada más de acordarte! Yo antes odiaba la idea de los niños, creía que criarlos era la peor condena. Incluso tenía el plan de matarme trabajando aquí para comprarme un departamentito y quedarme soltera toda la vida.
Amelia agarró aire y continuó parloteando sin parar.
—¿Ya llegaron, Eri? —saludó.
Recordando de golpe la herida en el brazo, Erika tomó de prisa un suéter ligero del perchero y se lo puso encima. Se cambió de zapatos velozmente y avanzó con pasos inquietos.
—¿Pasa algo, Leo? ¿Me estabas esperando por alguna razón?
Lo normal era que si él pasaba a recoger a los niños al kínder, se quedaba jugando con ellos un rato y luego se marchaba a su casa. El hecho de que siguiera ahí a esas horas de la noche disparó las alarmas.
¿Acaso ya se había enterado de la demanda?
De hecho, el rostro de Leonardo no irradiaba la alegría de siempre, sino una notable preocupación. Le echó un vistazo a Amelia, que venía detrás de Erika, y preguntó en tono conciliador.
—¿Fueron a arreglar unos asuntos? ¿Cómo es que apenas vienen llegando?

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