Erika mintió con mucha naturalidad:
—Sí, así es. Un nuevo cliente me contactó para una sesión de fotos. Fui a platicar sobre los detalles y nos tardamos un poco.
Tras decir esto, Erika notó el ceño fruncido de Leonardo y preguntó con preocupación:
—Leonardo, ¿pasó algo?
Leonardo comenzó a caminar hacia adentro mientras respondía:
—Como supuse que estarías ocupada hoy, decidí quedarme a cenar con los niños. Estábamos comiendo y a Alma le volvió a sangrar la nariz. Aunque fue muy poco, me quedé preocupado.
—Ahorita que hace calor, es fácil que los niños se deshidraten —respondió Erika con voz suave—. Alma no tiene una salud tan fuerte como los otros dos. Mañana iré a comprarle unas vitaminas para que se mejore.
Leonardo asintió.
—Sí, no lo eches en saco roto. No ha pasado mucho tiempo desde la última vez que le sangró la nariz. Si de plano la cosa no mejora, la llevamos al mejor hospital para que le hagan un chequeo general.
—Está bien. Además, ya casi le toca su revisión anual. Yo lo agendo y te aviso —dijo Erika—. Leonardo, siéntate, voy a checar a los niños rápido.
Dicho esto, Erika entró a la habitación de los niños.
De inmediato, Leonardo miró a Amelia con expresión muy seria y le preguntó en voz baja:
—¿Qué negocio fueron a platicar después del trabajo? ¿En dónde se vieron?
Al ver la situación, Amelia se puso tensa. Odiaba estar entre la espada y la pared.
Sin embargo, aunque Leonardo era el jefe, ella siempre iba a estar del lado de Erika.
Amelia fingió tranquilidad y respondió:
—Fue justo lo que le dijo Erika. Nos reunimos con un cliente para una sesión de fotos. Fuimos a una cafetería en la Calle del Laurel.
Leonardo frunció el ceño y dijo en tono de sospecha:
—Amelia, más te vale que no me estés echando mentiras.
El corazón de Amelia latía a mil por hora; sentía que Leonardo ya sospechaba algo.
Pero incluso si había que contarle la verdad, sentía que era mejor que se lo dijera Erika. Ella asintió:
Quedaba claro que Leonardo no tenía idea de nada.
Quizás la persona que salió del elevador en el lujoso restaurante La Cúpula no era Chlóe y ella se había equivocado.
Con esos pensamientos en mente, Erika volvió a hablar:
—Leonardo, mañana quiero ir a comprarle un regalo a Chlóe, pero no sé muy bien qué le guste. ¿Qué me recomiendas?
Leonardo agitó la mano para restarle importancia.
—No hace falta, ya le preparé un regalo. Mejor nos llevamos a los chiquitos y organizamos una parrillada al aire libre. Chlóe los extraña mucho.
Erika sonrió levemente.
—Órale, pues. Yo invito la parrillada, y ni se te ocurra discutirlo.
—Me parece perfecto. Ya es tarde, me voy. Descansen.
Dicho eso, Leonardo se levantó del sofá y caminó hacia la puerta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón