Erika volteó a mirar y vio que era Lourdes, la acompañante de Martín. Le apuntaba a Vanesa con una expresión de furia mientras le reclamaba algo.
—¡Vamos, vamos a ver el chisme! —Martina jaló a Erika sin más preámbulos.
Ricardo, que no se perdía un buen drama, le quitó rápidamente el plato a Erika para dejarlo en la mesa y las siguió.
Apenas se abrieron paso entre la gente, vieron a Lourdes agarrando del brazo a Vanesa, señalando la pulsera en su muñeca:
—¡Miren todos! La pulsera que se me acaba de caer la trae ella puesta. Y todavía tiene el descaro de decir que no se la robó. ¡Incluso si se la encontró tirada, debió devolvérmela! ¿O no?
Vanesa abrió mucho los ojos, con cara de asombro y de estar ofendida:
—¡¿Qué estupideces dices?! ¡Esta pulsera es mía!
Lourdes soltó un bufido y la barrió con una mirada afilada y despectiva de pies a cabeza, alzando la voz:
—¡¿Tuya?! ¡Mírate nomás! Llevas pura copia barata encima, ni siquiera son buenas imitaciones. ¡¿De dónde sacarías una pulsera tan cara?! A ver, dinos, ¿de qué diseñador es? ¿Cuántas piezas de edición limitada salieron?
Vanesa no tenía ni idea de la procedencia de la pulsera. Lorena se la había quitado de paso y se la había regalado en el pasado por hacerle un favor.
Sabía que las cosas de Lorena eran carísimas, así que nunca se había animado a ponérsela, hasta ese día, que la sacó especialmente para la ocasión.
¡Pero el hecho de que Vanesa se quedara muda en ese momento la hacía ver como la culpable, y cualquiera daría por hecho que la pulsera no le pertenecía!
Para colmo, con el fuego que había avivado Lourdes, la gente empezó a murmurar sobre la ropa de Vanesa:
—Ese vestido que trae se nota a leguas que es pirata, y de los corrientes.
—Sí, ni siquiera supo decir de dónde sacó la joya.
—Exacto, esos tacones también se ven bien chafas.



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