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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 41

Grupo Ramírez.

En la enorme oficina, las luces de neón ya brillaban al otro lado de los ventanales.

El reflejo iluminaba el atractivo rostro de Valerio.

Valerio paseó su mirada penetrante por Diego y preguntó con voz grave:

—¿Cómo va la investigación?

Diego respondió con respeto:

—Señor Ramírez, ese Darío que me pidió investigar es compañero de universidad de Erika. La madre de Darío tiene insuficiencia renal en etapa terminal; Erika le dio dinero para salvarle la vida.

Dicho esto, Diego hizo una breve pausa antes de continuar:

—Señor Ramírez, también confirmamos los movimientos de Erika. Efectivamente está embarazada, y además...

—¡¿Qué dijiste?!

Diego levantó la vista atemorizado. A Valerio se le marcaron las venas de la frente; la frialdad e intensidad en el fondo de sus ojos parecían a punto de devorarlo todo.

A simple vista, parecía a punto de estallar.

Diego sintió que el sudor le empapaba la espalda.

Había dudado mucho antes de atreverse a reportar la noticia del embarazo.

Y ahora, viendo la reacción de Valerio...

Si ese Darío de verdad tenía algo que ver con Erika...

Quién sabe de quién serían esos niños...

Diego guardó silencio unos segundos y, armándose de valor, soltó:

—Está embarazada, y de trillizos. Hoy, después de salir de la mansión Ramírez, fue a la clínica de maternidad. Iba a... iba a abortar, pero por alguna razón no se hizo la intervención.

En cuanto Diego terminó de hablar, un ruido insoportable le taladró los oídos.

Diego miró hacia el origen del sonido gracias a la luz de los ventanales.

Los pedazos de una copa de cristal estaban esparcidos por el suelo, mezclados con un líquido rojo oscuro que le daba un aspecto macabro.

Cuando Diego había entrado, Valerio no tenía encendida la luz ni le pidió que lo hiciera.

El estado de ánimo de Valerio no parecía nada bueno. ¿Acaso ya tenía la certeza de que algo andaba mal con Erika?

¿O fue hasta escuchar ese informe que lo confirmó todo?

Diego se tranquilizó un poco y comentó con cautela:

—Señor Ramírez, creo que debe haber un malentendido en todo esto, la señorita Milán no es ese tipo de persona...

—¡Vete! —lo interrumpió Valerio con un rugido ahogado.

El rostro de Diego se llenó de consternación, tragó saliva y no le quedó más remedio que salir.

Y Valerio, con los dedos temblorosos, sostenía un cigarrillo que acababa de sacar de la cajetilla.

Con la otra mano, que también le temblaba ligeramente, giró la rueda del encendedor varias veces hasta que logró prenderlo.

En la penumbra, frunció el ceño y le dio una calada profunda.

Su mirada recayó de nuevo en la cajita de terciopelo sobre el escritorio. En el fondo de sus ojos se reflejaba la chispa del cigarrillo, como un fuego incandescente.

***

Capítulo 41 1

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