Erika lo rechazó de inmediato:
—Dime dónde están y yo iré sola.
—No conoces este hospital. Sígueme, llegarás más rápido con los niños —respondió Valerio, dirigiéndose de inmediato hacia los ascensores.
Erika dudó por un segundo antes de apurar el paso para seguirlo.
El ascensor estaba lleno de gente, por lo que cualquier movimiento podía causar empujones.
Valerio tomó a Erika del brazo y la colocó entre él y la pared del elevador. Luego, apoyó una mano en la pared y extendió el otro brazo a un lado de ella.
Su brazo actuaba como una barrera sutil sobre el hombro de Erika, evitando que los demás pasajeros se acercaran o la rozaran.
De esta manera, Erika tuvo un espacio más amplio a su alrededor y nadie pudo apretujarla.
Quizás porque estaban en un hospital, donde las personas iban preocupadas por su propia salud o la de sus seres queridos, el ambiente era sombrío.
Nadie decía una palabra, solo se escuchaba el sonido de respiraciones pesadas.
Erika se mantenía de pie, tensa, sin atreverse a levantar la mirada, e incluso encorvando un poco la espalda.
Como Valerio estaba apoyado contra la pared, su cuerpo se inclinaba ligeramente hacia ella, y Erika podía sentir su barbilla justo por encima de su cabeza.
—Ya casi llegamos, ten un poco de paciencia.
Mientras su mente divagaba, la voz profunda de Valerio resonó desde arriba, con un tono amable y considerado.
Erika de pronto recordó la historia que Amelia le había contado. Incluso llegó a imaginarse la escena en su mente:
[Ella misma, cegada por esos pequeños gestos de falsa cortesía de Valerio, volvía a caer rendida a sus pies. A los pocos días, él se aburría de ella y volvía a patearla a la calle...]
Llegar a esa conclusión le pareció tan ridículo que soltó una pequeña risa sarcástica sin darse cuenta.
Valerio no tardó en notarlo y preguntó:
—¿De qué te ríes? ¿Te acordaste de algo gracioso?
En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron con un tintineo y la gente comenzó a salir.

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