A Erika se le heló la sangre. ¡Esa era... esa era la voz de Samuel Milán!
¡Maldita sea! ¿Cómo era posible encontrarse con él precisamente ahí?
Al notar que la voz no sonaba tan cerca, fingió no haberlo escuchado y retrocedió rápidamente hacia el interior del arco, dispuesta a regresar por donde había venido.
Al terminar de hablar con él, Valerio se había quedado de pie en su lugar. Vio cómo Erika salía y luego volvía corriendo, asustada, apresurando el paso cada vez más.
Sin entender qué pasaba, Valerio la siguió rápidamente y le preguntó con tono serio:
—¿Qué pasó?
Erika le respondió sin dejar de correr:
—Si no quieres que se te pegue como una sanguijuela, aléjate de mí.
Valerio frunció el ceño y dijo con total calma:
—¿Quién te está molestando? Dime y yo me encargo.
Erika iba a replicar algo, pero al mirar hacia adelante, se detuvo en seco.
Allí estaba Samuel, al final de aquel pasillo, jadeando y mirándola con una expresión de absoluta sorpresa.
Erika miró a su alrededor con el rabillo del ojo. Resultaba que más adelante había otro arco. Y por el que ella acababa de intentar salir era el último de esa hilera.
¡Samuel conocía ese lugar a la perfección! ¿Acaso no había corrido hacia el arco trasero?
—¡Hermana! ¿Tienes prisa? Ibas tan rápido que casi te pierdo de nuevo —dijo Samuel, acercándose a ella mientras intentaba recuperar el aliento.
Cuando llegó frente a Erika, continuó con voz triste:
—Sabía que aquel día no estaba alucinando por el golpe. ¡Te vi claramente, pero nadie me quiso creer!
Luego, dirigió su mirada hacia Valerio:
—¡Cuñado! Erika ha vuelto, ¿por qué no nos avisaste? ¡Uy! Cuñado, ¿por qué tienes la camisa llena de sangre? ¿Te peleaste con alguien?

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