Al día siguiente.
Era domingo.
Erika acompañó a los niños al set. Para evitar que el equipo de producción descubriera su identidad, se colgó una identificación en el cuello, igual que Amelia.
Antes, solo veía a los niños grabar a través de los videos que Amelia le enviaba. Verlos en persona se sentía muy diferente, era una experiencia entrañable.
Aunque era una locación al aire libre, los organizadores habían instalado una enorme estructura de cristal.
Adentro había aire acondicionado. En ese set tan meticulosamente decorado, rodeados de máquinas de burbujas de colores, los niños no sufrían ni por el sol ni por el calor.
El personal trataba a los pequeños con muchísima dulzura. Los fotografiaban mientras jugaban con total naturalidad, asegurándose de que no se agotaran.
Erika no pudo evitar suspirar para sus adentros. Qué bendecidos eran esos pequeños... Ganar dinero les resultaba mucho más fácil que a ella.
Mientras Erika estaba sentada en el área de descanso observando a los niños jugar, escuchó un susurro de Amelia junto a su oído:
—Eri, aquel auto de allá se parece mucho al del señor Ramírez que vimos ayer. Mira...
Erika frunció levemente el ceño y siguió la mirada de Amelia.
A lo lejos, el auto acababa de detenerse. El hombre que bajó del asiento del conductor era, efectivamente, Diego.
Lo vieron abrirle la puerta a Valerio y luego correr hacia el maletero para sacar un montón de cajas de regalo de todos los tamaños.
Por las coloridas y adorables envolturas, era evidente que eran para los niños.
Erika frunció aún más el ceño y le preguntó en voz baja a Amelia:
—¿Aparte de los nuestros, hay otros niños grabando campañas hoy?
—Sí, hay varias locaciones más —respondió Amelia—. Hoy deben haber venido unos veinte niños en total. Pero... Eri, estoy segura de que vinieron buscando a nuestros tesoros. Si me preguntas, o te quedas aquí y actúas como si nada, o te escabulles un rato. Entre las dos nanas y yo podemos cuidarlos.

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