—Eri...
Valerio apenas se había puesto de pie para llamarla cuando la voz de Erika lo silenció:
—Thiago, tú eres el mayor. Responde.
Thiago apretó el borde de su camisa con sus manitas y respondió obediente:
—Mami nos enseñó que no podemos aceptar regalos de extraños.
Apenas terminó de hablar, Enzo miró a Valerio, levantó la mano y no pudo evitar decir:
—Mami, tengo algo que decir.
—Adelante, te escucho —respondió Erika, manteniendo su expresión severa.
Enzo tragó saliva, se armó de valor y dijo:
—El señor no es un extraño, ha sido muy bueno con nosotros.
—¿Ah, sí? Entonces dime, ¿dónde vive? ¿Cómo se llama? —cuestionó Erika.
Enzo se rascó la cabecita, sin saber qué responder. Su mirada no se apartaba de las cajas, luciendo muy decepcionado.
Alma, por su parte, corrió directamente hacia Erika, levantó su carita y le suplicó:
—Mami, no te enojes, ya no los queremos. Y no lo ignores a él, ayer me salvó.
Al escuchar a Alma, los otros dos pequeños se unieron al coro diciendo que ya no querían los regalos y corrieron a abrazar a su madre para contentarla.
Erika se agachó lentamente, los miró a los tres con detenimiento y dijo:
—Pórtense bien, vayan a jugar un rato con la señorita Amelia por allá. Mami los alcanzará en un momento.
Aunque su tono se había suavizado, aún conservaba un deje de severidad.
Los niños, a regañadientes, siguieron a Amelia a otra parte del set.
Valerio, lejos de molestarse por haber sido interrumpido, tenía una ligera sonrisa en los labios.
Caminó con paso tranquilo hacia una silla, se sentó con total naturalidad y levantó la mirada para observar a Erika con evidente admiración.
—Lo hiciste muy bien, pero te equivocas, estos regalos no son para sobornarlos.
Apenas terminó de hablar, Diego, demostrando su excelente instinto de supervivencia, intervino de inmediato:
—Señorita Milán, estos son beneficios del cliente para los niños. Mire allá, otro vehículo acaba de traer más regalos que se repartirán en las demás locaciones.
Erika miró en la dirección que señalaba Diego con evidente incredulidad. Aunque él dijera eso, desde lejos se notaba que las envolturas eran completamente distintas.
Hizo una pausa y dijo con frialdad:
Se levantó, se acercó a Erika y añadió en voz baja:
—Todas tus frustraciones y tu rencor, los llevo grabados en el corazón...
¿Y ya?
Al ver que no añadía nada más, Erika lo miró con el ceño fruncido.
Él permaneció en silencio. En sus pupilas oscuras y profundas brillaba una luz intensa.
Erika no era tonta; sabía exactamente qué era ese brillo. Era la mirada de un hombre que amaba, protegía y anhelaba a una mujer...
En sus labios ya no había esa sonrisa burlona, y su mirada se volvía cada vez más sincera...
Si fuera en el pasado, el corazón de Erika sería un torbellino de emociones, pero ahora, hasta ella misma se sorprendía de su propia coraza de hierro.
Apartó la mirada lentamente y dio unos pasos hacia atrás con total naturalidad.
Valerio era un hombre calculador. Tenía la paciencia para planear cada movimiento hasta conseguir la victoria.
Había fracasado al intentar retenerla y tampoco había podido encontrarla durante años. Para un hombre como él, eso sin duda era una derrota aplastante, un golpe directo a su ego.
Por lo tanto, todo esto era una actuación. ¿Creía que ella seguía siendo esa mujer de corazón blando a la que podía manipular a su antojo? Qué iluso...

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