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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 481

—Valerio, ¿lo sabías? Lorena me susurró al oído que ustedes dos ya habían estado juntos en Oricalco. Adivina si le creí.

Valerio la miró con una expresión indescifrable, como si esperara que ella le dijera que confiaba en él.

Pero Erika añadió en un tono casi inaudible:

—Le creí, porque gracias a ti aprendí a basarme en las pruebas. ¿Puedes demostrarme que nunca te acostaste con ella?

Valerio frunció el ceño y respondió con voz ronca:

—Si quieres pruebas, te las daré. Has sido la única mujer en mi vida. Además, con todo lo que se descubrió sobre su verdadera naturaleza, ¿cómo pudiste creer en sus palabras?

Erika soltó una carcajada amarga y replicó:

—En otras palabras, ¿cómo puedes creer en alguien de mi "naturaleza"? Valerio, ¿alguna vez has creído una sola palabra de lo que digo? Entonces, ¿qué sentido tiene que vengas a hablarme del pasado y de cosas sin importancia? Entre nosotros ya no queda nada, y jamás volverá a haberlo.

Valerio escuchó en silencio. Todas las explicaciones que tenía preparadas se le quedaron atascadas en la garganta. Seguir insistiendo no serviría de nada.

La miró una vez más con esos ojos llenos de emociones contenidas y murmuró:

—Aún no te recuperas por completo. Descansa un poco.

Dicho esto, se dirigió hacia el área de acompañantes de la habitación.

La suite VIP del hospital no tenía puertas divisorias como las habitaciones de un hotel.

Solo un biombo separaba el área del paciente de la del acompañante. El lugar era bastante amplio; la cama de hospital era el doble de grande que las normales, y había suficiente distancia hasta el sofá cama.

Pero si había ido al pueblo acompañada, ¿cómo terminó en ese estado tan lamentable, y por qué apareció sola en aquella tiendita?

Con estas dudas en mente, le escribió de nuevo a Diego:

—Por ahora ella se niega a hablar conmigo. Mañana a primera hora quiero un reporte completo de las cámaras del hotel. Es muy probable que se haya ido de ahí con esa tal Yara Cervantes. Después de todo, revisé el registro de llamadas de su celular y, salvo las de sus contactos cercanos, no hay información de nadie más.

Diego le contestó:

—Entendido, señor Ramírez. Pienso lo mismo. Solo cuando la encontremos sabremos si hubo mala intención.

Valerio leyó el mensaje y bloqueó la pantalla. Se recostó lentamente en el respaldo del sofá, lanzando miradas furtivas hacia el biombo de vez en cuando.

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