—¿Qué necesitas?
Martina frunció el ceño. Señaló la mesa de centro, luego dio un golpecito en el escritorio y dijo en voz muy baja:
—Traje todo lo que tengo. Gra... gracias por salvarme, señor Ramírez.
Valerio dejó escapar un bufido frío, sin responder.
Martina se quedó perpleja. ¿Le parecía poco? ¿O acaso le guardaba rencor por todas las veces que le había hablado sin filtros para defender a Erika?
Con el corazón latiéndole a mil por hora, Martina dijo con cautela:
—Se... señor Ramírez, sé que esto es insignificante para pagarle el haberme salvado la vida, pero es todo lo que tengo. Le seguiré pagando este enorme favor en el futuro.
—¿Cómo planeas hacerlo? —Valerio frunció ligeramente el ceño, la miró de reojo con una expresión afilada.
Con solo un segundo de cruzar miradas, ella pudo leer exactamente lo que él pensaba.
Si no se equivocaba, le pondría condiciones: primero, que no se metiera en su intento de reconquistar a Erika; y segundo... que incluso lo ayudara a hacerlo.
No. Absolutamente no. Eso era traicionar a su amiga a cambio de un favor.
Mientras su mente trabajaba a mil por hora, Martina respondió:
—Trabajaré duro para ganar dinero y pagarle. Es lo único que sé hacer.
Su respuesta fue clara y dejó muy firme su postura.
Apenas terminó de hablar, la gélida voz de Valerio resonó de nuevo:
—¿Cuánto dinero crees que cuesta comprar más de diez años de libertad de una persona?
Martina se quedó sin palabras.
Quería decir que no podía pagarlo, y era la pura verdad. No tenía cómo.
Por un momento se quedó muda. Cuando ella tenía la razón, le daba igual si se enfrentaba al mismísimo diablo, siempre iba con todo.
Pero ahora...

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