—Come por lo menos un poco. Tú mismo dijiste que el equipo de rescate es profesional y saldremos pronto.
Valerio no abrió la boca, simplemente se quedó mirándola fijamente a la luz de la linterna y, tras una pausa, le preguntó en voz baja:
—¿Te estás preocupando por mí?
Erika le sostuvo la mirada, evaluando por unos segundos sus facciones, que ya empezaban a verse demacradas por el cansancio. Al final, asintió levemente con la cabeza.
Fuese como fuese, él lo había arriesgado todo para protegerla y le estaba dejando las únicas provisiones que quedaban. No era capaz de comer sola mientras lo veía morir de hambre.
Al verla asentir, los ojos de Valerio se iluminaron. Le tomó la mano con suavidad y guio el pedazo de pan hacia su propia boca.
Animada, Erika arrancó otro pedazo para ofrecérselo.
Pero esta vez él lo rechazó:
—Eri, la situación es incierta. Pase lo que pase, debo asegurarme de que salgas con vida.
Escuchar palabras tan contundentes en una situación tan extrema hizo que el corazón de Erika diera un vuelco; sintió una opresión dolorosa en el pecho.
Insistiendo, le acercó de nuevo el trozo de pan:
—Come. Ambos comeremos menos, solo un poco para calmar el estómago.
Valerio fingió que iba a morder el pan de su mano, pero de repente se inclinó y metió el pedazo directamente en la boca de ella.
—Hazme caso, cómetelo. Yo no tengo hambre.
Las mejillas de Erika ardieron al instante, pero en esas circunstancias, el pan era más valioso que cualquier joya. No podía escupirlo. Sin embargo, decidió quitárselo de los labios para devolvérselo a la boca de él.
Luego giró la cara para evitar mirarlo, pellizcó otro pedacito para ella misma y lo masticó con lentitud.
Con una media sonrisa en el rostro, Valerio se burló:
—Sabe mejor que el de hace rato.
Erika se quedó sin palabras.
¿De verdad tenía ánimos para coquetear estando sepultados vivos?
Al percibir su incomodidad, la mirada de Valerio se volvió infinitamente tierna y murmuró:

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