Erika apretó el celular con fuerza, intuyendo que Leonardo ya sospechaba la verdad, y dudó por un instante si debía confesarlo o no.
De pronto, la voz de Leonardo tronó, severa y sin margen para mentiras:
—¡Nadie responde al teléfono de Catalina, y en la recepción de Villa San Julián aseguran que ustedes nunca llegaron! ¿Dónde estás?
—Hermano... —Erika no pudo aguantar más y, con la voz rota y temblorosa, le confesó—: Yo... estoy atrapada en el túnel.
—¡¿Qué?! —gritó Leonardo, levantándose de golpe de la silla, completamente horrorizado.
Entre sollozos, Erika prosiguió:
—Catalina iba en el auto de adelante. No contesta el teléfono y tampoco responde cuando le grito. Me temo lo peor. Las rocas... las rocas que cayeron bloquearon todo el espacio por completo. Pero por ahora yo estoy bien, no te angusties demasiado y, por favor, todavía no le digas nada a la familia ni a los niños.
Leonardo miró fijamente las noticias en la televisión, sintiendo cómo se le hacía un nudo en la garganta. Su voz se volvió ronca por el dolor:
—Cuando me llamaste hace rato, ¿ya estabas atrapada?
—Sí, hermano. ¿Cómo están las cosas afuera? —preguntó Erika, abrumada por una mezcla de miedo y esperanza.
Al ver las imágenes de cómo el túnel prácticamente se había convertido en una montaña de escombros, Leonardo sintió clavadas agujas en el pecho. Sin embargo, hizo un esfuerzo sobrehumano por mantenerse firme para tranquilizarla:
—El rescate ya comenzó, no tengas miedo. Ahorra el agua que tengas a mano, y también la batería del celular. Cuídate mucho, por favor.
—Lo haré...
En cuanto terminó la llamada, Leonardo corrió a comprar toda la comida y el agua que pudo meter en el maletero de su auto. Dejó a un equipo de guardaespaldas con las niñeras para que protegieran a los niños y condujo como un desquiciado hacia el Túnel del Mar Azul.
Sabía perfectamente que su presencia ahí no agilizaría el rescate, pero necesitaba estar cerca de ella.
Mientras tanto, en la oscuridad de la camioneta, Erika acababa de colgar y quiso usar su celular para revisar las noticias en internet, pero Valerio se lo arrebató de las manos.
—Mejor no mires. Confía en los rescatistas, es solo cuestión de tiempo.
Valerio ya se imaginaba el dantesco escenario en el exterior. A efectos prácticos, estaban enterrados en el centro de la tierra.
Si no fuera por el chasis blindado de su camioneta, en ese mismo instante ambos serían solo pulpa bajo las piedras.

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