En ese preciso momento, unos lentos aplausos comenzaron a resonar en el pasillo que conducía a la oficina de Erika.
Erika giró la cabeza hacia la fuente del sonido. Al ver acercarse a Valerio lentamente, recordó que esa plaga aún no se había ido.
—La señorita Milán no solo posee una gran belleza, sino que también es poseedora de una brillante sabiduría —se escuchó la voz de Valerio, cada vez más nítida conforme se plantaba frente a ella.
Erika se dio la vuelta para regresar a su oficina y, mientras caminaba, soltó con frialdad:
—¿Por qué sigues aquí?
Valerio, quien apenas se había detenido, reanudó su marcha para alcanzarla rápidamente:
—Te estoy esperando a que salgas del trabajo para invitarte a comer.
Erika ni se dignó a mirarlo y siguió caminando directo a su oficina. En ese instante, sonó el celular en su bolsillo. Lo sacó para ver quién era; se trataba de Ricardo.
Una leve sonrisa apareció en sus labios, echó un vistazo de reojo a Valerio y contestó la llamada sin detener el paso:
—Señor Ríos.
—Erika, ¿estás libre? Cenemos juntos esta noche.
Al escuchar la voz de Ricardo desde el otro lado de la línea, Valerio también se inclinó para acercar su oído al celular.
Erika lo miró con enfado y cambió el teléfono de oreja:
—Claro. Estoy libre.
—Bien, entonces paso a recogerte en Estudio Prisma a las seis.
—De acuerdo.
Tras colgar, Erika había llegado a la puerta de su oficina. Se detuvo y, con una mirada apática hacia Valerio, comentó:
—Señor Ramírez, tengo un compromiso esta noche. Si no tiene más asuntos que tratar, ya puede irse.
Dicho esto, Erika empujó la puerta para entrar, pero cuando intentó cerrarla, Valerio puso su mano como tope. Bajó la mirada, la observó fijamente y preguntó:
—¿Quién es ese señor Ríos?
—Adivina —respondió Erika de forma desafiante, y se dirigió a su escritorio.


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