Al ver que la mirada de Erika se oscurecía y no respondía, Amelia se disculpó de inmediato:
—Perdón, Erika, no debí mencionarlo...
—No te preocupes —respondió Erika, dándole unas palmaditas suaves—. No me molesta que lo menciones. De hecho, lo que acabas de decir me hace preguntarme de quién será realmente este lugar.
Erika se puso de pie, volvió a inspeccionar la habitación y murmuró pensativa:
—Definitivamente, alguien común y corriente no podría mantener un negocio como este, pero tampoco creo que pertenezca al Grupo Ramírez. Nunca he escuchado que tuvieran algo así...
Las dos charlaron un rato más hasta que Milena regresó al salón. Después de intercambiar algunas palabras, comenzaron a traer los exquisitos platillos a la mesa.
Erika no solía beber alcohol, y como había conducido, con mayor razón decidió evitarlo.
Ante su negativa, Milena pidió jugo natural de naranja y otras bebidas frescas.
A mitad de la cena, Erika se levantó con una ligera sonrisa:
—Voy al tocador, sigan comiendo.
Amelia, que estaba disfrutando de la comida, asintió con entusiasmo:
—¡Claro, Erika, no te tardes!
Milena la acompañó hasta la puerta, le indicó por dónde ir y luego regresó al salón.
Afuera ya había oscurecido, y las luces del inmenso jardín se habían encendido.
La paz y el silencio del atardecer habían desaparecido. Por los pasillos y los senderos principales pasaban personas riendo y conversando, mientras de los diferentes patios se filtraban distintos estilos de música. El lugar estaba lleno de vida.
De regreso del baño, Erika encontró un rincón tranquilo y bien iluminado. Aprovechó para hacerles una videollamada a sus hijos y darle algunas instrucciones a las niñeras.



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