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La “Pobre” Me Robó al Marido romance Capítulo 11

Si hubiera sido en el pasado, Bárbara no habría podido evitar correr a reclamarle.

Pero ahora ya no.

En Jardines de Esmeralda, había visto con sus propios ojos cómo Abel consentía a Luna y a ese hijo bastardo.

Tenía muy claro que Abel había cambiado. Aunque tuvieran más hijos, las cosas jamás volverían a ser como antes.

¡Ya no quería a un hombre que le había entregado su corazón y su cuerpo a otra!

Sin embargo, aunque se divorciara, ¡no iba a dejárselo tan fácil a Luna ni a ese escuincle!

Bárbara se acercó con el rostro inexpresivo y se sentó frente a Abel.

No tocó su comida; se limitó a clavarle una mirada gélida.

—Abel, yo fundé esta empresa con mis propias manos. No estoy de acuerdo con que le des acciones a Luna —declaró con voz gélida—. No quiero darle muchas vueltas al asunto. Tú fuiste quien falló en este matrimonio. Nos vamos a divorciar. Aparte de los activos originales del Grupo Ramos, quiero todo lo que hayamos generado juntos, sea antes o durante el matrimonio. Lo quiero todo.

Bárbara soltó todo eso de golpe.

Su actitud era inquebrantable y, en sus hermosos ojos, volvía a brillar esa determinación que había perdido hacía tiempo.

Al verla, Abel sintió por un instante que estaba frente a la misma mujer que lo había acompañado a pelear contra viento y marea en el mundo de los negocios.

Pero cinco años eran suficientes para cambiar demasiadas cosas.

Abel ni siquiera se inmutó. Tomó los cubiertos, pinchó un trozo de carne y lo dejó en el plato vacío de Bárbara.

—La hora de la cena no es el momento adecuado para hablar de esto. Sé que estás enojada, pero el doctor Castillo dijo que debes comer a tus horas. No eches a perder todo el esfuerzo de estos últimos meses.

Bárbara bajó la mirada hacia el trozo de carne y dejó escapar una risa cargada de amargura.

—Abel, ahorita nada más de verte se me revuelve el estómago. No me pasa la comida.

Al escucharla, Abel se detuvo y levantó la mirada hacia ella.

Cuando sus ojos se encontraron, la mirada oscura y profunda del hombre dejó entrever un ligero rastro de fastidio, marcado por el leve ceño fruncido.

Bárbara le sostuvo la mirada, sin mostrar ni una sola pizca de sumisión o debilidad.

Desde el momento en que descubrió la verdad, se prometió a sí misma que jamás volvería a humillarse por él.

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