—Tampoco creo que haya llegado a tanto...
—¡Hecho!
Antes de que Valentín terminara de hablar, Lucio ya había aceptado rápido.
No era tonto, tampoco sentía que eso lastimara su orgullo. Para un niño de diez años como él, tener un techo y algo de comer ya era ganancia. ¿Qué más podía pedir? ¿Acaso iba a proteger su supuesto orgullo vagando como perro callejero, peleando por ahí?
Que fuera tan sensato dejó satisfecha a Vanesa. Si él hubiera insistido en irse, ni de broma lo habría detenido. Las oportunidades solo llegaban una vez y si él no la aprovechaba, era cosa suya. Obligarlo no tenía sentido.
—¿Tienes tus documentos? —Vanesa preguntó.
Lucio parpadeó, confundido.
—¿Qué es eso?
Vanesa frunció el ceño. Valentín la llamó con la mano y le susurró un par de cosas al oído. Lucio los miraba de reojo, sintiendo cierta incomodidad.
No quería ver esa típica cara de “ay, pobrecito” que tantas veces se había topado. La gente siempre asumía cosas, pensando que él sufría por estar solo, aunque él no se sentía así. Pero de todos modos, no faltaban quienes lo miraban con lástima o con esa compasión fingida.
Sin embargo, Vanesa nunca mostró algo así. Su tono seguía siendo neutral, profesional, más como si estuviera cumpliendo su trabajo que otra cosa, pero lejos de ser intimidante, resultaba hasta tranquilizador.
—En unos días te llevo a sacar tus documentos. También te voy a inscribir en la escuela. Si te cuesta ponerte al día con las materias, busco a alguien para que te ayude.
—¿E... estudiar?
—¿Hay algún problema? Si quieres ayudar, mínimo tienes que saber leer. No te preocupes, lo que invierta en ti se va a compensar con el tiempo que te quedes ayudando aquí.
—Eres bien coda. —Lucio le soltó, aunque por dentro sentía una alegría que no podía disimular. Eso de quedarse más tiempo ayudando... significaba que tendría un lugar donde dormir, comida asegurada y, lo más importante... ¡podía ir a la escuela!
—Soy mujer, eh.
Por una vez Vanesa bromeó, pero en vez de relajar el ambiente, lo puso tenso. Lucio la miró feo, con cara de “qué chiste tan malo”. Ella solo se tocó la nariz y desvió la mirada hacia la puerta.


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