—Ya reunimos todas las pruebas necesarias. En cuanto el área de relaciones públicas publique el comunicado, mañana temprano meto la demanda contra Ferrer —dijo el abogado mientras le entregaba los documentos a Vanesa.
Vanesa los tomó, les echó un vistazo rápido y se los pasó a David.
—Esmeralda, suspende la colaboración con MEIKARA. Y cámbiale su embajador, ponle uno de nivel A —ordenó Vanesa.
—¿Seguiremos trabajando con ellos después? —preguntó Esmeralda.
—Eso depende del señor Ferrer. Que decida si prefiere la empresa o a su hijo —respondió Vanesa sin titubear.
—Quedó claro.
Estudio Eco de Musas y la empresa donde trabajaba Esmeralda siempre habían sido como dos piezas encajando. Blanca lideraba el Estudio, mientras que Esmeralda se encargaba de la difusión y negociaciones con otras compañías. Cada quien tenía su tarea, pero al final eran un solo cuerpo.
—Bueno, ya estuvo por hoy. Nos espera una desvelada —dijo Vanesa, soltando un suspiro.
—Voy a prepararlo todo —dijo Esmeralda, impasible. El abogado simplemente se acomodó los lentes y salió junto a Esmeralda.
—Vamos a ver si necesitan ayuda —comentó Carlos, asintiendo y saliendo tras ellos. Por un sueldo de doscientos mil al mes, esto era lo mínimo que podía hacer.
En un abrir y cerrar de ojos, solo quedaron dos en la sala de juntas.
—¿Y tú qué haces aquí? —Vanesa se recargó en la silla. David se acercó y, con movimientos expertos, empezó a masajearle las sienes.
El ritmo exacto y sus manos conocedoras hicieron que Vanesa se rinda al alivio. Podía sentir cómo la tensión se desvanecía poco a poco.
—Vi el tema en tendencia y vine de volada. Sabía que ibas a querer cargar con todo tú sola —dijo David. Conocía de sobra la capacidad de Vanesa. Después de todo, él mismo la había formado. Se sentía orgulloso de verla tan capaz, aunque en el fondo no quería que se desgastara tanto.
Pero también entendía cómo era Vanesa. Así que no iba a detenerla; solo tomaría el control cuando hiciera falta, para que ella pudiera brillar sin sobrecargarse.
Y Vanesa pensaba igual. Ambos habían puesto su vida en esta empresa, y sus objetivos nunca habían cambiado.
—Anda, ve a descansar un rato. Yo me encargo del resto —le sugirió David.
Cuando la empresa apenas empezaba, Vanesa casi vivía allí, así que tenía su propia oficina y hasta una sala de descanso. Aunque ya rara vez se quedaba tanto tiempo, sus cosas seguían ahí y una señora iba a limpiar de forma regular.
Vanesa abrió los ojos y se cruzó con la mirada de David.



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