—Papá...
—¡Eres un inútil, un desastre! ¡¿Sabes la porquería que hiciste?!
Joaquín apenas había abierto la boca cuando el rugido de Hugo se escuchó desde el teléfono. Aunque no tenía el altavoz activado, los gritos llegaron hasta los oídos de Julia.
Sin dudarlo, Julia tomó su bolso y se preparó para irse.
—¡Julia! —Joaquín intentó detenerla por reflejo, pero al otro lado del teléfono las ofensas continuaban, y eso solo le sumaba más presión.
—Papá, déjame explicar, soy tu hijo, por favor, ayúdame, yo... yo la regué, de verdad la regué... —Joaquín suplicaba a Hugo mientras extendía la mano para alcanzar a Julia, pero ella lo apartó de un manotazo.
—¡Pum!— El portazo retumbó, separándolos de golpe. Joaquín lanzó un puñetazo contra la puerta y soltó un insulto entre dientes.
—¡Maldita sea!
—¿Ahora te estás desquitando conmigo? —gritó Hugo del otro lado.
—No es eso... papá, no... te lo juro, no. Soy tu hijo, no me dejes solo, no quiero ir a la cárcel.
—¿Y todavía quieres que yo limpie tu cochinero? ¿Tienes idea de cuántos contratos perdió la empresa por tu culpa? ¡Ayudarte! ¡Tú solito vas a quebrar la empresa, ni cuenta te das!
—¡Papá! ¡Papá! Me equivoqué, lo juro, voy a cambiar, te lo prometo, no me abandones, soy tu hijo, el único que tienes —Joaquín suplicaba tan bajo que apenas se le oía, con el miedo pintado en la cara.
—La gente como tú no aprende, para mí ya no existes como hijo.
—¡Papá! ¡Papá!
Pero a Hugo no le tembló la mano para colgarle. Joaquín se quedó con el teléfono en la mano, temblando. Lo único que le esperaba era enfrentar las consecuencias legales de lo que había hecho.
...
Vanesa despertó cuando ya casi era mediodía. Salió del cuarto de descanso y se encontró a David revisando unos papeles.
—Ya te pedí permiso en el trabajo, mejor toma un poco de agua —David le pasó un vaso con agua tibia.
—¿Cómo va todo?
—Ya está todo arreglado. Este es el plan de Esmeralda y su equipo, lo revisé y les di luz verde para que empiecen.
Vanesa asintió y hojeó el documento un par de veces antes de dejarlo sobre la mesa.
—¿Vas a ir a la escuela en la tarde? —David le preguntó mientras jugaba con un mechón de su cabello, enredándolo entre sus dedos.
Siempre que estaban juntos, se creaba un ambiente especial, tan suyo, que nadie más cabía ahí.

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