—Sé que no fuiste tú —Vanesa le revolvió el cabello con suavidad—, pero tienes que contarme exactamente qué pasó.
Elías frunció los labios, con una mueca de fastidio.
—Hubiera preferido que sí hubiera sido yo quien la empujó.
Vanesa le pellizcó la mejilla, como si intentara bajarle el mal humor.
—Ven al cuarto y dime todo bien.
Levantó la mano y acarició a Trueno, quien saltó del sillón al instante. Elías, aunque no quería, terminó por levantarse.
Ambos caminaron uno tras otro rumbo a la habitación. Cuando Vanesa estaba por cerrar la puerta, vio a Camila y a Trueno parados en la entrada, con la mirada suplicante puesta en ella.
Suspiró y terminó por dejar pasar a los dos.
Ya adentro, los tres junto al perro se sentaron en el suelo. Camila se acomodó pegada a Vanesa, mientras Trueno, con total naturalidad, se posicionó detrás de su pequeño dueño para servirle de respaldo.
—A ver, cuéntame, ¿qué fue lo que pasó?
Elías apretó los puños.
—Esa mujer es bien venenosa. Siempre anda lloriqueando y, cuando no puede conmigo con palabras, quiere empujarme por las escaleras. Pero esta vez, fue Trueno quien la asustó. Por suerte, fue rápido y ladró fuerte. Ella se espantó, se resbaló sola y fue a dar rodando.
Vanesa arrugó la frente, sorprendida por lo que escuchaba. No se imaginaba que Jacinta pudiera llegar tan lejos.
—¿Te lastimaste? —preguntó, preocupada.
—No me pasó nada —Elías bajó la cabeza, tratando de ocultar lo que sentía por dentro.
Su voz era apenas un murmullo, casi imposible de entender.
Vanesa, que lo conocía bien, supo de inmediato que estaba herido por dentro. Conociendo a Jacinta, que siempre se hacía la víctima, y viendo cómo era Elías normalmente, no era raro que lo culparan.
—¿Y si no la empujaste, entonces por qué andas con miedo? Si cuando haces travesuras sueles sacar pecho —le dijo Vanesa, dándole un par de palmadas en la cabeza, como si fuera lo más normal.
—¡Yo no tengo miedo! —Elías explotó de repente, asustando a Camila, quien se aferró con fuerza a la ropa de Vanesa.
Sin voltear, Vanesa posó una mano sobre la cabeza de Camila y la acarició para calmarla.
—Es solo que… me da coraje. ¿Por qué siempre me echan la culpa a mí? Nadie me cree.



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