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La Princesa romance Capítulo 27

—Tengo que avisarles a mis papás antes de regresar —murmuró Federico, aún hablando para sí mismo, mientras Vanesa ya se había detenido.

—Voy a pasar a otro lugar, así que no regreso contigo. No me esperes para la cena, no voy a llegar —dijo Vanesa, deteniéndose en seco.

—Está bien, pero cuando vuelvas avísame para ir a buscarte abajo. Ya ves que en la noche esa callecita se pone peligrosa —advirtió Federico, sin atreverse a preguntar más.

En el fondo, a Vanesa no le preocupaba mucho eso, pero si le decía que no, seguro la iba a estar molestando con otra ronda de excusas y explicaciones. Así que mejor aceptó sin discutir.

En la bifurcación, Vanesa tomó un desvío y, bajo la atenta mirada de Federico, desapareció en la esquina. Federico apretó la bolsa que llevaba en la mano y soltó un suspiro, con una sonrisa torcida y los ojos llenos de pensamientos encontrados.

Si hubiera sido Jacinta Montemayor la que estuviera ahí, seguro le habría lanzado mil preguntas. Pero con Vanesa, aunque le preocupaba, temía que si insistía demasiado sólo la iba a alejar.

Se preguntaba, una y otra vez, cómo hacer para que Vanesa se sintiera a gusto, sin presionarla.

...

En la casa, Valentín ya se había acomodado en el sillón, disfrutando los dulces que Vanesa le había traído.

—Oiga, jefe, ese Federico... ¿de dónde salió? Aparte de David y Vane, nadie más ha respondido bien ese acertijo del aroma, ¿verdad? No irá a ser que Vane le haya soplado la respuesta, ¿o sí? —preguntó Lucio, acercándose curioso.

Valentín lo llamó con la mano y, apenas Lucio se agachó, le soltó un golpecito en la frente que le arrancó una mueca.

—¿No sabes bien quién es tu Vane? Ella no trae a cualquiera aquí. ¿Cuánto tiempo llevas viniendo conmigo? ¿Cinco, seis años? Y ni la mitad de las preguntas que le hago las respondes bien —le soltó Valentín, con una sonrisa.

—La neta, la cabeza de Vane es cosa aparte, ni yo le llego. En todos estos años, sólo David ha podido competirle —Lucio hizo un puchero, resignado.

—¿No sabes para cuánto te da el cuero? ¡Ni te compares con Vane! Yo hablaba de Federico.

—¿Eh? ¡Si ese tipo ni abrió la boca! —exclamó Lucio, incrédulo.

Valentín le metió un dulce en la boca y luego le pasó un papelito doblado.

—Vane dijo que tenía algo que hacer, que hoy no viene a cenar —explicó Federico.

—Entonces cuando regrese, ve por ella abajo. Ya ves que ahí afuera hay de todo. Vane, siendo mujer y todo... —dijo Irma, preocupada.

—Ya sé, mamá —contestó Federico, con un tono sereno.

—Oye, ¿y eso que traes? ¿Qué compraron en la tarde? —preguntó Irma, señalando la bolsa que traía Federico, pensando que se trataba de algún antojo que los hermanos habían comprado.

—Justo de eso quería platicarles —dijo Federico, sonriendo, con un brillo diferente en los ojos.

Irma, que conocía bien a su hijo, notó enseguida su entusiasmo y también sonrió.

—Mira nomás al mocoso, ya hasta sabe hacerse el interesante. ¿Traes buenas noticias o qué? —le picó Irma, divertida.

Federico no respondió. Puso la bolsa sobre la mesa y, bajo la mirada expectante de Irma, le indicó que la abriera. Pero apenas Irma vio lo que había dentro, su expresión cambió de golpe.

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