—Bueno, ¿y luego qué? —preguntó Elías, sin mostrar el menor interés.
Ese fragmento, por supuesto, fue recortado y compartido por los internautas.
[—No puedo con estos niños, ¡son demasiado tiernos!]
[—Se hacen los serios y están para comérselos, vengan que les doy un beso —carita de corazón—.]
[—Esto ya parece el club de fans exclusivo de Isaac, ja ja ja.]
[—¿Esto es para limpiar su imagen o qué? ¡Usar niños, qué descaro!]
[—¿Limpiar qué? ¿Acaso Isaac hizo algo malo antes?]
[—¿Y tú cómo sabes tanto?]
No importaba cuánto discutieran en internet, el video ahí estaba. Mil personas, mil interpretaciones. Lo bueno y lo malo solo existían en la mente de cada quien.
El video siguió corriendo. Elías entrevistó a varios niños más, uno tras otro. Al final, todo se transformó en una serie de monólogos de los pequeños.
Algunos tenían voces dulces y titubeantes, otros ya sonaban más grandes. Los más chicos tendrían apenas cinco o seis años, los mayores, tal vez doce o trece.
—Después me enteré de que los supuestos adoptantes solo nos querían para sacar nuestros órganos y salvarse ellos o a sus hijos. Algunos ni siquiera sé a dónde los vendieron. A los que se querían escapar los encerraban… Si no fuera porque Isaac vino con más gente a rescatarnos…
—Isaac me ayudó con terapia…
—Me enseñó a dibujar, gracias a él llegué a la familia que me adoptó ahora…
—Mi mejor amigo no pudo escapar. Le pregunté a Isaac por qué no podía salvar a todos. Él me dijo que si de verdad quería salvarlos a todos, tenía que hacer que esa gente nunca pudiera volver a hacer lo mismo.
—Isaac es una buena persona.
—Isaac es una buena persona.

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