—David.
Al escuchar su nombre, David por fin levantó la cabeza.
—Vane, el desayuno.
Antes de cada entrenamiento, David siempre llegaba temprano con el desayuno y la esperaba abajo de la residencia.
—En la noche paso por ti para ir a cenar.
Por culpa de las prácticas militares, llevaban ya medio mes sin poder comer juntos; y cuando se veían, era apenas un rato fugaz.
—Va —respondió Vanesa, tomando el desayuno y despidiéndose con la mano.
Aunque Vanesa cursaba dos carreras, apenas iba a poder tomar materias de la segunda hasta el próximo año. Así que, por lo menos ese ciclo, les tocaba no coincidir en las mismas clases, salvo tal vez en alguna optativa.
—Ya era hora, vámonos.
—Qué suerte tener novio, ¿eh? —comentó Cintia, con una mezcla de envidia y picardía.
—La verdad, sí está chido —contestó Vanesa sin tapujos.
Entre risas y bromas, el grupo se fue alejando poco a poco. David, entonces, tomó un camino distinto.
Con la mochila al hombro, se dirigió al aula; apenas se sentó, alguien ocupó el asiento a su lado.
David ni se inmutó y empezó a sacar sus libros.
—Qué coincidencia, David.
Nicolás se acercó con una sonrisa, saludándolo.
David miró de reojo. Faltaba mucho para que iniciara la clase y el salón estaba casi vacío. Que Nicolás eligiera justo ese lugar, no era casualidad.
—No parece que sea tanta coincidencia —dijo David, directo. Nicolás, sin embargo, como si no entendiera, ni pestañeó.
—¿Por qué tanta desconfianza? Tú eres el presidente de Grupo Lobos y yo solo un heredero sin poder. Si quisieras, podrías aplastarme como si fuera una cucaracha, ¿no?
Una sombra cruzó los ojos de David; lo miró fijamente.

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