—Seguro acaba de regresar, tampoco me llegó ningún mensaje —comentó David, apenas echando una mirada antes de apartar la vista. Tomó de la mano a Vanesa y bajaron juntos las escaleras.
Vanesa frunció el ceño, pero no se detuvo. Para ella, esa persona no tenía importancia alguna, ni valía la pena dedicarle más tiempo.
...
—¿Tú eres la joven ama de la familia Montemayor? —El tipo, convencido de que era galán, se acomodó el cabello que ya amenazaba con caerse, aunque sus ojos no lograban disimular su mirada lasciva.
—Sí —Jacinta seguía siendo la misma de siempre: altanera, con la cara llena de desdén, dejando claro que el hombre gordo y grasoso frente a ella le repugnaba.
Sacó una servilleta y la colocó sobre su nariz, como si cada palabra de él contaminara el aire a su alrededor.
—Pide lo que quieras, yo invito —soltó el sujeto, con una gruesa cadena de oro colgando del cuello y emanando ese aire de nuevo rico que se sentía dueño del mundo.
—¿Invitas...? —La frase hizo que Jacinta pusiera los ojos en blanco y lo despreciara aún más. Ya no aguantaba estar ahí, así que se levantó con su bolso para irse.
—¿Estás segura? Mira que si me haces enojar, la familia Montemayor se va a arrepentir, ¿eh, joven ama? —El gordo ni se inmutó al verla levantarse. Apenas alzó los párpados, aunque la grasa de su cara casi le tapaba los ojos.
Jacinta apretó los dientes y, furiosa, volvió a sentarse. Matías le había advertido: si hacía enojar a ese tipo, le cortaría la tarjeta y la pondría de patitas en la calle. Ya le habían puesto límite a la tarjeta, y después de acostumbrarse a la buena vida, ahora sentía que no podía con tan poco dinero. Si se la quitaban, ni para sus cosas favoritas le iba a alcanzar.
—Pide ya —insistió el gordo, cada vez más engreído, y le aventó el menú.
Jacinta detestó su manera de actuar, pero solo se tragó el coraje. Sin embargo, al segundo siguiente, se puso de pie de golpe.
El movimiento fue tan brusco que hasta los de las mesas de al lado se espantaron.
—¿Ahora qué te pasa? —gruñó el gordo.

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