Después de esto, Esmeralda dejó por completo esa sensación de superioridad por haber egresado de una universidad reconocida. Sin pena alguna, empezó a preguntar y a pedir ayuda con humildad.
Al final, entendió que, en esa pequeña empresa con apenas tres empleados y cinco personas en total, ella era la de mejor preparación académica… pero también la que menos sabía hacer.
Por suerte, tenía una habilidad natural para adaptarse y no se dejó vencer ni por la vergüenza ni por la inseguridad. Al contrario, se esforzó el doble para mejorar y, en menos de una semana, ya se había devorado los manuales y libros como si fueran su pan diario.
Cuando por fin terminó esa etapa de aprender mientras le pagaban horas extra, Esmeralda sintió hasta un poco de nostalgia.
Sin darse cuenta, ya llevaba tres meses ahí y hasta había pasado su periodo de prueba. Ahora era parte del equipo de forma oficial. Con el apoyo de la empresa para comida y vivienda, seguro médico y todas las prestaciones, además de un sueldo base que superaba por mil pesos al de otras compañías, Esmeralda no podía estar más satisfecha.
Cada mes recortaba sus gastos al mínimo para ahorrar lo más posible. Por cada peso que lograba guardar, su esperanza en un futuro mejor crecía un poco más.
Sin embargo, la vida nunca avisa cuándo va a dar un giro inesperado. Nadie sabe si primero llega el mañana o la desgracia.
...
Esmeralda tocó la puerta. Solo después de escuchar la voz desde adentro, la empujó y entró. Al ver la expresión seria de Vanesa, un escalofrío le recorrió la espalda. Inconscientemente, apretó las manos y se puso en posición más formal.
—Jefa, ¿me buscaba para algo?
Vanesa frunció el ceño y le señaló con el dedo una carpeta que estaba sobre el escritorio.
—¿Cuántas veces van ya en la semana que pasa esto? Si vuelve a ocurrir, puedes ir con Blanca a pedir tu renuncia.
Los ojos de Esmeralda se abrieron de par en par.
—Pe... perdón, es que en mi casa han estado pasando cosas. Yo... lo voy a arreglar de inmediato, le prometo que pronto me pongo en orden.
No podía perder ese trabajo. Si lo hacía, ¿cómo iba a pagar las medicinas y la operación de su mamá?
—Gracias.
—¿Qué te pasa? Últimamente andas con la cabeza en otro lado. Hasta te he visto cabecear en la oficina, y antes de que te contrataran de fijo, ni pestañeabas. No vayas a confiarte ahora que ya eres parte del equipo, porque la jefa, aunque es joven, no se deja engañar fácil.
Esmeralda negó con la cabeza y forzó una sonrisa débil.
—Pasaron unas cosas, pero ya estoy tratando de adaptarme.
Blanca la miró un momento. Notó el rojo de los ojos y las ojeras que asomaban bajo esa mirada cansada. Solo suspiró, le dio una palmada en el hombro y se fue, sin hacer más preguntas.
A Blanca le caía bien Esmeralda. No era de hablar mucho, pero era aplicada y cuidadosa. Había entrenado a más de una persona antes, y la mayoría necesitaba que le repitieran las cosas tres o cuatro veces. Esmeralda, en cambio, con una sola explicación ya captaba, y hasta sabía anticipar soluciones. Era fácil trabajar con ella, y además, era confiable. Blanca no quería que se fuera.
Pero entendía que cada quien carga sus propios secretos, y al final, el rumbo que toma la vida lo decide uno mismo. Los demás, como mucho, pueden dar algún consejo.

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