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La Princesa romance Capítulo 384

Después de calmarse y tomar aire, Esmeralda regresó a su escritorio. Se sumergió de lleno en el trabajo, revisó cada detalle una y otra vez hasta asegurarse de que no había ni un solo error. Solo entonces imprimió el documento, lo organizó, y fue de nuevo a tocar la puerta de la oficina de Vanesa.

—Jefa, aquí está la versión corregida, ¿podría revisarla, por favor?

Vanesa asintió y tomó los papeles. El ambiente en la oficina era tan silencioso que lo único que se escuchaba era el sonido de las hojas al pasar.

Esmeralda sentía el corazón desbocado. Tragó saliva, se rascó los dedos sin darse cuenta, y solo esperaba que Vanesa no encontrara ningún fallo.

—No veo ningún problema. Hazlo así —dijo Vanesa mientras firmaba el contrato y se lo devolvía.

—Perfecto, entonces me retiro.

—Espera.

Esmeralda ya sentía alivio y estaba por salir con el documento en mano, pero la voz de Vanesa la detuvo en seco.

—¿Pasa algo más?

—No me meto en la vida personal de los empleados, pero cuando empiezas a afectar el trabajo, tengo que intervenir. Tienes dos opciones. Uno: dejar la empresa.

Los ojos de Esmeralda se abrieron como platos. Levantó la mirada de golpe, atónita.

—No, jefa, le prometo que voy a ponerme las pilas. No volverá a pasar, yo...

Vanesa la interrumpió levantando la mano, marcando el alto, y siguió hablando.

—La segunda opción: dime qué necesitas. Si es razonable, te doy permiso con goce de sueldo.

El giro inesperado dejó a Esmeralda en blanco. Pasaron unos segundos antes de que pudiera reaccionar.

—¿Permiso con sueldo? Pero la semana pasada ya agoté mis vacaciones...

Vanesa le indicó con la barbilla que tomara asiento. Esmeralda no dudó y se sentó frente a ella.

Exhaló como si soltara el peso del mundo. No era fácil confesar lo que venía.

—La semana pasada pedí permiso para ir al pueblo porque una vecina me llamó. Me avisó que le había pasado algo grave a mi mamá —dijo Esmeralda, apretando los dientes. Sus manos temblaban, no sabía si era de rabia o de miedo.

—Cuando llegué, mi mamá ya estaba en el hospital. Tenía moretones por todos lados, la cabeza vendada. Los doctores dijeron que con el tiempo sanaría... pero... el resto de su vida tendrá que ir en silla de ruedas.

—¿Tu papá fue el que le hizo eso? —Vanesa preguntó con total calma, como si preguntara por el clima.

—Sí.

Decir esa palabra le costó a Esmeralda más de lo que hubiera imaginado. Apretó su falda con fuerza, bajó la cabeza y sintió una punzada de vergüenza por tener un padre así.

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