Al final, solo lograron que Fabiola se calmara luego de administrarle un tranquilizante. Esmeralda permaneció sentada junto a la cama, sin saber qué hacer ni cómo consolarse.
Dejó su maleta a un lado y el cuarto del hospital se llenó de un silencio espeso, interrumpido apenas por el pitido constante de los monitores.
—Esme, mejor vete a casa. Mamá va a estar bien, de verdad, tú regresa —fue lo primero que dijo Fabiola al recobrar la conciencia.
...
Vanesa le pasó un pañuelo a Esmeralda en silencio.
—Gracias —dijo Esmeralda mientras se limpiaba las lágrimas y sorbía la nariz.
—Te puedo dar permiso —Vanesa la miró sin pizca de lástima, con su expresión habitual, firme y neutral—. Eres buena en lo que haces, y entrenar a otra persona sería una lata. Justo ahora que la empresa va en ascenso, máximo te puedo dar una semana más. Te pregunto otra vez: ¿de verdad quieres que tus padres se divorcien y traer a tu mamá a vivir aquí contigo?
Esmeralda asintió.
—Pero mientras mi papá siga por ahí, mi mamá nunca va a querer venirse conmigo —respondió, y en su voz se notaba la angustia.
Eso la tenía con la cabeza en otro lado. No podía sacar tanto dinero, y si no pagaba, José Luis seguro volvería a molestar a Fabiola. Por eso, antes de regresar, le dio a José Luis diez mil pesos para que se mantuviera tranquilo una temporada, y otros cinco mil para que la vecina Esperanza ayudara a cuidar a su mamá.
—Te puedo presentar a un abogado. Solo cuéntale lo que necesitas y él se encarga del resto. En cuanto a tu mamá, le voy a programar una revisión completa en el hospital...
—¿De verdad? —la esperanza regresó al rostro de Esmeralda al escuchar las palabras de Vanesa.
No dudaba de lo que Vanesa podía lograr. Después de varios meses a su lado, si aún tenía dudas sobre sus capacidades, la que estaba mal era ella misma.

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