Hospital. Aunque Esmeralda se había puesto hielo, las marcas seguían notándose en su cara.
—Déjalo así, Esme. Mamá ha soportado tanto tiempo —Fabiola le acarició la mejilla a Esmeralda, con los ojos al borde de las lágrimas.
Esmeralda negó con la cabeza.
—Voy a seguir buscando un abogado. Esta noche mismo nos vamos. Me da miedo que venga y te altere, no quiero que te afecte en la recuperación.
Al ver a Esmeralda empacando con tanta prisa, Fabiola no fue capaz de decirle nada que la tranquilizara. Su hija estaba luchando por ella, ¿cómo podía ella misma seguir poniéndole obstáculos?
—¿Sacaste esa tarjeta?
—Sí, ya la tengo —mientras empacaba, aprovechó para ir a su cuarto y sacar la tarjeta y la libreta de ahorros que Fabiola tenía escondidas.
—Menos mal. Aunque sólo hay como siete mil pesos, nos alcanza para un rato. Si no puedes caminar, pues ni modo, nos quedamos en casa. Yo me pongo a hacer manualidades o vendo cosas en el mercado. Hay muchas maneras de salir adelante. Te lo juro, Esme, las dos vamos a estar cada vez mejor.
Las manos de Esmeralda se detuvieron por un momento. Se volvió hacia Fabiola y le regaló una sonrisa.
—Sí, vamos a estar cada vez mejor. Cuando lleguemos a donde vivo, te voy a llevar a pasear. Los fines de semana, si no hay nada que hacer, nos vamos al centro a ver tiendas. Te lo prometo, todo va a mejorar —Esmeralda repetía esas palabras, casi como si quisiera convencerse a sí misma, intentando calmar el temblor incontrolable de su corazón.
Terminaron de empacar. Esmeralda fue primero a hacer los trámites para el alta. Pero al regresar, notó un montón de gente agolpada en la puerta del cuarto. De adentro salían gritos y discusiones.
El color se le fue del rostro a Esmeralda. Corrió y empujó a la gente para entrar. Tal como temía, ahí estaba José Luis.
—¿Divorcio? ¡En tus sueños! ¡Ustedes dos creen que pueden dejarme así nomás! ¡Imposible! Si te atreves a irte, me llevo un cuchillo y las mato a las dos. Después me mato yo también. ¡No crean que se van a librar de mí tan fácil!

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