—¿Por qué no me avisaste que ya venías? Hubiera bajado a recibirte —dijo Beatriz, con una sonrisa un poco nerviosa.
—No te preocupes —respondió Vanesa con tranquilidad.
—Ese vestido te queda increíble, Bea, la verdad es que tengo buen ojo —soltó Nicolás, con una seguridad que descolocó a Beatriz.
Beatriz no supo cómo responder a ese cumplido tan directo. En ese momento, Nicolás pareció notar por fin la presencia de Vanesa.
—Oh, señorita Balderas, no esperaba verla por aquí, de verdad es un honor —dijo mientras extendía la mano. Vanesa, sin embargo, no se la tomó.
Vanesa miró a Beatriz de reojo. Ella, incómoda, desvió la mirada y bajó la cabeza, como si se sintiera culpable por algo.
—Sí, la verdad no pensé que tuvieras tú la iniciativa de organizar la reunión —comentó Vanesa, con un tono que dejaba entrever algo más.
Nicolás retiró la mano sin perder la compostura, ni un solo gesto de incomodidad en su cara.
—Ya que está aquí, señorita Balderas, disfrute la noche. No estaría bien que se fuera tan rápido. Todos somos jóvenes, y lo que pasó antes fue mi culpa. Ojalá no me lo tome a mal y me dé chance de resarcirlo —dijo Nicolás, como si nada.
En ese momento, un mesero pasó cerca. Nicolás chasqueó los dedos, tomó una copa de vino del plato y se la ofreció a Vanesa.
Dicen que a quien te sonríe es difícil rechazarle las cosas. Vanesa aceptó la copa con una sonrisa enigmática y no dijo nada más.
—Bea, gracias a ti hoy puedo aclarar las cosas con la señorita Balderas —dijo Nicolás, dirigiéndose a Beatriz.
Beatriz forzó una sonrisa y tomó la copa que Nicolás le ofrecía, pero su atención estaba en otra parte.
—Pero, la neta, me da pena. Ustedes son nuevas aquí y yo, como anfitrión, debería acompañarlas, pero tengo que salir un momento. Vuelvo rápido, ¿vale? Mientras pasen el rato como quieran, están en su casa.
Con expresión de disculpa, Nicolás añadió:
—Más tarde me echo tres tragos como castigo por dejarlas solas. Por mientras, aquí tienen estas fichas, si ganan son para ustedes, si pierden, ni se preocupen, yo me hago cargo.
De pronto, desde una de las mesas, un grupo de chicos empezó a cuchichear mientras los miraban. Luego de unos segundos, empujaron a uno de ellos al frente.
El muchacho llevaba ropa sencilla, pero cualquiera en el círculo sabría que era de diseñador exclusivo.
Con una copa en mano, se acercó a las chicas sin siquiera preguntar si podía sentarse. Buscó el lugar junto a Vanesa.
Vanesa apenas le dirigió una mirada de soslayo. Eso bastó para que el chico cambiara de rumbo y se sentara junto a Beatriz.
Beatriz se sintió incómoda y se movió un poco hacia el lado de Vanesa.
—Oye, guapa, ¿no te aburres sentada aquí? Mejor vente con nosotros a pasarla bien, ¿no? —aventó el chico, con una sonrisa forzada.
Lástima que, aunque algunos se vistan de lujo, basta una frase para mostrar lo podrido que tienen por dentro.

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