Apenas Vanesa terminó de hablar, todos se acercaron enseguida, y las bromas empezaron a ir y venir por todo el salón.
—No que no, ¿eh? Antes decíamos que el premio de la escuela era puro adorno, que ni servía y hasta lo tachamos de tacaños. Pero mira, al final sí tuvo su chiste.
—Oye, jefe de grupo, ¿no que en nuestro salón hay un premio para el estudiante más destacado y otro de apoyo económico? Nadie los quería, pero justo ahora que por fin tenemos a alguien que necesita el apoyo, ni modo que lo dejemos pasar, ¿no?
—¡No lo puedo creer! Estoy viendo el día en que Vanesa recibe apoyo económico. Ahora sí tengo con qué presumirle algo.
—¡Vane! Te lo ruego, sé mi maestra particular, yo te pago el doble de lo que se paga en la ciudad… No, mejor el quíntuple.
Todos hablaban y gesticulaban de la manera más exagerada posible. Vanesa no pudo evitar reírse y soltar un suspiro resignado.
—Ya, bájenle, ¿acaso no me preguntan cosas todo el tiempo? Mejor aquí le paramos, porque si siguen así ya se va a volver de mal gusto.
El salón era un completo alboroto, tanto que nadie se dio cuenta de que el profesor ya había entrado.
—¡Apenas es el primer día y miren el escándalo que arman! ¿Qué ejemplo dan?
De inmediato todos se callaron y regresaron a sus asientos como si nada hubiera pasado. Aunque era una academia para hijos de familias importantes, eso no significaba que fueran muy distintos a los de cualquier otro colegio. El respeto al maestro se notaba, y nadie se sentía superior solo por su apellido ni se le ocurría desafiar a los profesores.
La escuela tenía reglas muy estrictas respecto a la falta de respeto hacia los maestros o el personal. Si esto fuera en una escuela común, tal vez no les importaría tanto, pero aquí el fundador era alguien tan poderoso que todos los alumnos habían sido advertidos mil veces por sus padres de no meterse en problemas.
Claro, siempre había quien no creía en esas advertencias, y cuando menos lo pensaban, desaparecían de la escuela sin dejar rastro. Una vez podría pasar por casualidad, pero cuando ocurría dos o tres veces, el miedo ya calaba hondo. Te podían expulsar, pero si encima arruinabas el nombre de tu familia, ahí sí ya no había vuelta atrás.



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