Las facciones de aquel hombre parecían esculpidas por los mismísimos dioses. Tenía cejas pobladas, ojos que parecían ocultar estrellas y un rostro de líneas perfectamente marcadas. El traje hecho a la medida resaltaba su figura impecable.
—¡Ahhh! ¡Se nota que tiene unos brazos increíbles! ¡Mira esa espalda, y esa cintura! ¡Un hombre atractivo hasta tiene la mandíbula perfecta!
Renata tragó saliva de forma inconsciente.
Era verdaderamente guapo.
La mejor obra de la creación divina.
Sintiendo una extraña atracción, sus pies comenzaron a moverse hacia él sin que pudiera controlarlos.
Desde el segundo piso, Miranda observaba todo. Al principio solo seguía a Renata con la mirada, pero al desviar los ojos, vio al hombre.
Sus pupilas se contrajeron y sintió un dolor sordo en el pecho.
Héctor Luarca.
Fragmentos de recuerdos cruzaron por su mente; todo lo que había sucedido en Pontevedra.
Viendo a Renata acercarse a él cada vez más, Miranda levantó el arco. Con sus largos y finos dedos extrajo una flecha, la acomodó y apuntó directo hacia Renata.
Renata seguía caminando. Miranda tensó el arco hasta el límite. Y soltó la cuerda.
¡Zas!
La flecha cortó el aire, rozó la mejilla de Renata y se clavó profundamente en la pared de madera junto a ella.
Renata reaccionó al oír el grito aterrado de Gema. Sintió un calor en la mejilla; al llevarse la mano al rostro, sus dedos se mancharon de sangre. Presa del pánico, miró hacia arriba.
El ruido alertó a casi todos en el club, quienes también levantaron la vista.
En cuestión de segundos, Miranda se convirtió en el centro de todas las miradas.
Estaba de pie allí arriba, con el arco aún en la mano y una expresión indescifrable en su rostro.
Héctor levantó la mirada y sus ojos se encontraron.
Frente a todos los presentes, Miranda bajó las escaleras con calma. A simple vista, parecía muy delgada debido a su tiempo en el campo. Las personas, que solían guiarse por las apariencias, no encontraron en ella nada especial.
Miranda caminó directamente hacia Héctor, sin apartar la mirada de él.
Renata pensó que Miranda la estaba mirando a ella. Su falta de expresión le pareció una burla descarada. ¡Cómo se atrevía!
—¡¿Te volviste loca, Miranda?!
¡¿Qué iba a hacer si le arruinaba la cara?! Sentía cómo la sangre caliente seguía bajando por su mejilla.
—¿Yo no soy suficiente? ¿Y quién lo es? ¿Tú?
Casi soltó una carcajada; esa campesina no tenía idea de cuál era su lugar en el mundo.
Miranda guardó silencio, manteniéndole la mirada de una forma tan intensa que a Renata comenzó a entrarle el miedo.
Gema, al darse cuenta de que la situación se estaba saliendo de control, intervino rápidamente:
—Renata, vamos a que te revisen la herida, no puedes arriesgar tu rostro.
Ya habría tiempo para discutir, pero su cara era lo más importante.
Renata, apretando los dientes, logró articular una sola palabra:
—¡Vámonos!
Después de que ambas se alejaran, Héctor se puso de pie y, con voz profunda, preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
Miranda levantó la vista y lo miró fijamente a los ojos. Habló con una solemnidad inusual, y su voz, dulce como un manantial de montaña, resonó suavemente:
—Soy Miranda. Miranda Seijo.

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