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La que llamaban basura es la jefa romance Capítulo 7

La mirada de Héctor se oscureció un poco, estudiando su rostro como si buscara algo específico. Su voz se volvió aún más profunda:

—Te pareces mucho a alguien que conozco.

Miranda enarcó una ceja ligeramente.

—Es un honor.

Héctor sacó su teléfono.

—¿Podrías darme tu número?

—Por supuesto.

Miranda tomó el teléfono sin ningún reparo y anotó su número. Lo marcó para dejar un registro en el suyo y, cuando su teléfono sonó, se lo mostró.

En esos pocos segundos, los murmullos a su alrededor no se hicieron esperar.

—¿Ese es el tipo de mujer que le gusta a los hombres guapos de hoy en día? Si me preguntan, la chica de hace un momento era mil veces más linda que ella.

—Tsk. Es una lástima que alguien tan atractivo tenga tan mal gusto.

Héctor tomó su teléfono de vuelta y lo giró perezosamente en sus manos, sin decir una palabra.

Miranda deseaba quedarse junto a él todo el día, pero no podía. Según su identidad actual, ellos ni siquiera se conocían bien.

En fin, habría tiempo de sobra más adelante.

Solo había ido a ese lugar para complacer a Doña Liduvina. Para los demás, ese evento era la oportunidad perfecta para codearse con la élite; pero para ella, eso era completamente innecesario.

Con ese pensamiento en mente, se despidió de Héctor y se marchó.

Salió sin mirar atrás, sin importarle el desastre que dejaba.

Libere y decidida.

Los guardaespaldas que Doña Liduvina le había asignado estaban esperándola afuera del club. Miranda se subió al auto y ordenó que la llevaran directamente al Distrito Financiero.

El Distrito Financiero era el corazón económico de la ciudad, un lugar que concentraba la tecnología, los negocios y la cultura, y estaba lleno de los mejores servicios y facilidades de comunicación.

Solo allí, Miranda pudo sentir un poco el mismo ambiente en el que solía vivir en Pontevedra.

Después de dar un recorrido por los lugares que le interesaban, entró a un restaurante. Sin embargo, justo antes de empezar a comer, se dio cuenta de un pequeño detalle: no tenía dinero.

No se había reunido con sus padres, y a Doña Liduvina se le había pasado por alto darle efectivo.

La comida frente a ella de pronto perdió su atractivo.

Se sentó frente a Miranda, le echó un vistazo rápido a la comida sobre la mesa y guardó silencio.

Su asistente personal, Emiliano, se adelantó para pagar la cuenta.

—¿Así de pobre es la heredera de la familia Valdivia?

Miranda cortó un pedazo de carne y se lo comió sin responder.

La voz de Héctor bajó de tono, y desvió la mirada:

—Cuando te quedas callada, te pareces mucho más a esa persona que conozco.

La informalidad en sus palabras y acciones, la seguridad que brillaba en sus ojos y la arrogancia que desprendía en cada uno de sus movimientos; todo le decía que la mujer frente a él era Miranda Seijo de Pontevedra.

Estaba en los huesos, y por su piel tan pálida se notaban claramente sus venas.

A pesar de estar tan delgada, se notaba que poseía unas facciones hermosas. Sus pestañas eran largas, y creaban una sombra que no dejaba ver qué emoción escondían sus ojos.

Miranda dejó los cubiertos.

—No me parezco, soy yo.

La mano de Héctor se detuvo a medio camino y sus ojos se oscurecieron.

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