—Por mí, está bien.
En ese instante, una empleada se acercó:
—Señorita Miranda, ¿necesita que limpie su habitación?
Doña Liduvina frunció el ceño visiblemente enfadada:
—¡Qué descaro!
La empleada, asustada, bajó la cabeza rápidamente.
—¿Cómo acaban de llamarla?
—Señorita... Miranda.
—¡Abran bien los ojos! ¡Ella es la verdadera dueña de la casa, pedazo de inútiles!
El estallido de ira de Doña Liduvina resonó como una advertencia para todos los empleados de la familia Valdivia.
Salió de la casa con un semblante oscuro y de muy mal humor.
La reacción de la anciana, sin duda, había sido una humillación directa para Renata.
A partir de esa noche, todo el personal de la casa comenzó a referirse a Miranda como «Señorita Seijo».
Al día siguiente.
Miranda salió de su habitación con ropa sencilla. Al bajar, se encontró con una Renata arreglada en exceso, luciendo como un pavo real intentando llamar la atención.
Desde la cabeza a los pies, Renata estaba vestida con las colecciones más exclusivas y recientes de los mejores diseñadores, piezas sumamente difíciles de conseguir.
Tsk.
Miranda apartó la mirada sin inmutarse.
¿Cómo era posible que la familia Valdivia hubiera criado a alguien así?
Renata levantó ligeramente la barbilla con una actitud sumamente arrogante.
—Vámonos, Miranda.
...
Club de Arquería Las Lomas.
La entrada estaba repleta de autos de lujo. Los asistentes bajaban vistiendo marcas carísimas; el costo de uno solo de sus atuendos podría comprar un departamento en el centro de la ciudad.
Renata bajó del auto y echó un vistazo a su alrededor. Al notar que ninguna de las herederas presentes lucía mejor que ella, su vanidad quedó plenamente satisfecha.
Se quedó de pie junto a la puerta, esperando dócilmente a que Miranda saliera.
En su mente, pensaba que una chica de campo como Miranda nunca había visto algo así y que su evidente incomodidad solo haría resaltar aún más su propia confianza y elegancia.
Pero cuando Miranda bajó del auto, no hubo ningún espectáculo bochornoso. Miranda caminó directamente hacia la entrada, sin mirar a nadie, con paso firme y seguro.
Llevaba una camisa blanca muy sencilla, pantalones rectos que resaltaban la longitud de sus piernas y un abrigo verde oscuro. Su piel era radiante, de porcelana. La ligera brisa de aquel día ondeaba suavemente los bordes de su abrigo.
Imponente.
Esa fue la palabra que apareció en la mente de Renata.
Al reaccionar, sacudió la cabeza. ¡¿Qué diablos estaba pensando?!
Rápidamente, apresuró el paso para seguirla.
Ambas comenzaron a caminar y conversar por el salón.
Gema preguntó de forma casual:
—¿Sabes tirar con arco?
Renata negó con la cabeza.
—No.
Ella nunca participaba en esos deportes brutales.
Una verdadera dama debía dedicarse a leer y tomar café con sus amigas.
—¡Tienes que ver a un chico guapísimo que acaba de llegar!
Renata soltó una carcajada.
—Sigues igual de enamoradiza.
—¡Te juro que no! ¡Es irreal, parece sacado de una película! ¡Ahhh! ¡Cuando lo veas te vas a volver loca!
Sin darle tiempo a responder, Gema la tomó del brazo y la arrastró hasta donde estaba el chico.
Renata sacudió la cabeza sin darle mucha importancia.
—¡Mira!
Gema casi le gira la cabeza a Renata para obligarla a mirar.
Y al verlo, Renata quedó completamente paralizada.

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