Mariela Castaño regresó a casa con el rabo entre las piernas.
Después de que los vecinos del edificio le gritaran de todo en la entrada, sentía que había perdido hasta la última gota de dignidad.
Corrió todo el camino tapándose la cara, muerta de miedo de cruzarse con algún conocido.
Al llegar, se desplomó en el sofá, cada vez más furiosa y angustiada.
¡Esos cinco millones!
Se quedó horas mascullando su coraje en la sala; ni siquiera le prestó atención a la televisión encendida.
Cuando Hernán Castaño por fin llegó, ella le soltó de inmediato:
—¿Qué carrera estudia Dayana? ¿Llegaste a ver sus papeles de admisión de la universidad?
Hernán se encogió de hombros, sin darle importancia.
—Y yo qué voy a saber.
—¡¿Es que tú nunca sabes nada?! —Mariela le picó la frente con el dedo.
Cuando Dayana entró a la Universidad Metropol, Mariela solo le tomó una foto a la carpeta para presumir en sus redes sociales, pero jamás leyó ni una sola palabra. No tenía ni idea de qué estudiaba la muchacha.
Ahora, pensarlo hacía que le hirviera la sangre de arrepentimiento.
—Esa chamaca se pagó su propia inscripción con lo que ganaba trabajando —murmuró Hernán—. A mí qué me importa lo que haga.
—Tú... —Mariela se atragantó del coraje.
—¡Se largó! —gritó Mariela, subiendo el tono—. ¡¿No entiendes que esa escuincla se escapó?!
Hernán dio un respingo y se sentó de golpe.
—¿A dónde se fue? ¿Y el dinero? ¡¿Dónde están mis cinco millones?!
—¡Y yo qué voy a saber! —Mariela puso los ojos en blanco—. ¡Me humilló allá abajo frente a todos!
Hernán bufó, incrédulo.
—¿A dónde podría ir? En un par de días, cuando se quede sin un peso, volverá rogando.
—¡No entiendes nada! —Mariela tuvo que contenerse para no darle una bofetada—. ¡Seguro se fue a buscar a ese señor Lozano! ¿Volver? ¡Sigue soñando!
Esas palabras terminaron de despertar a Hernán.

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