—¿No la conocen? Creo que es una de esas nuevas estrellas que están pegando en el mundo del espectáculo, ¿no?
—Pero, la neta, esa chica está mucho más guapa que cualquiera de esas famosas.
La gente alrededor empezó a murmurar más y más sobre la acompañante de Peter.
La muchacha, parada junto a Peter, atraía todas las miradas. Llevaba un vestido largo de terciopelo negro, entallado, que resaltaba su figura de manera elegante. El cabello, cuidadosamente rizado y recogido, se adornaba con una diadema de diamantes negros y blancos, la joya más costosa de la colección inspirada en pianos. El brillo de esa pieza hacía imposible apartar la vista.
Rafael sintió que la silueta de la acompañante de Peter le resultaba familiar, hasta que ella se giró hacia ellos.
—¿Leonor? —exclamó, sorprendido.
Abigail, Gabriela y Silvia casi se atragantaron de la impresión.
Rafael no dijo nada, pero en sus ojos apareció un destello mucho más intenso que antes.
Era la primera vez que veía a Leonor con ese maquillaje de labios rojos intensos; el look era atrevido sin caer en lo vulgar. No sabía si lo impresionante era obra de la estilista o de la propia Leonor.
—Quién lo diría, parece que la señorita Vargas ya encontró a otro que la mantenga. Y yo que todavía me preocupaba por ella... —soltó Abigail, usando un tono suave como quien no quiere hacer daño.
En los ojos de Rafael, una chispa fugaz de molestia apareció y desapareció.
Toda la ropa y accesorios de Leonor esa noche los había conseguido “prestados” de Peter. No quería presenciar la felicidad de Rafael y Abigail, pero ya que estaba ahí, no pensaba huir como si nada.
Sin embargo, después de la primera mirada, Rafael fingió no verla más y siguió muy pegado a Abigail, como si Leonor no existiera.
En ese rostro tan bien formado, Leonor vio sonrisas y gestos de cariño que nunca le había dedicado a ella.
El deseo de Leonor de demostrarle a Rafael que había cambiado se fue diluyendo y en su lugar solo quedó una sensación amarga de derrota.
Fue al baño para tranquilizarse. Ya había decidido divorciarse, entonces, ¿por qué dejarse atrapar por esos sentimientos?
Al salir del baño, el dolor en los pies se volvió imposible de ignorar.

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