Leonor solo sonrió, sin decir nada.
—Cuando quieras venir, las puertas están abiertas para ti —dijo Peter con un brillo de esperanza en la mirada—. El contrato ya lo tengo listo, tú pones el sueldo que quieras, las ganancias siguen igual, Finesse D'Or siempre será tu casa.
Pero Leonor no respondía. Giró la cabeza, centrando su atención en lo que ocurría al otro lado del ventanal.
Desde la ventana del privado en el segundo piso, se alcanzaba a ver perfectamente el ambiente en el salón principal.
Ahí abajo, Rafael acababa de llegar, y su aparición causó una ola de murmullos y miradas.
Hombres de negocios había muchos, pero como Rafael, muy pocos. Esa noche llevaba un traje blanco impecable, camisa negra y, rompiendo el protocolo, no usó corbata. El contraste resaltaba su porte elegante y ese aire distante que parecía envolverlo. Aunque sus facciones eran marcadas y duras, la curva natural de sus labios le daba un encanto irresistible, como si ni él mismo supiera el efecto que tenía sobre los demás.
Bastó que pusiera un pie en el salón para que todas las mujeres soltaran suspiros y comentarios a media voz.
Abigail, bien calculadora, aguardaba en su sitio como una princesa esperando a su príncipe. Las miradas llenas de envidia y asombro se clavaban en ella, convirtiéndola en el centro de la fiesta.
En su cara se notaba el orgullo. Aunque solo era una pasante en Finesse D'Or, esa noche, todos los reflectores estaban sobre ella.
Leonor jamás imaginó que Rafael aparecería en ese evento.
Observó en silencio cómo Rafael, sin titubear, caminó directamente hacia Abigail.
En todos los años de matrimonio, Leonor nunca vio a Rafael acercarse así a ninguna mujer. Solía pensar, ingenua, que era porque la amaba a ella. Creía que era la única especial para él.
Ahora lo entendía: la especial era Abigail.
Juntos, Rafael y Abigail, parecían hechos el uno para el otro. Como si la vida misma los hubiese colocado ahí, bajo las luces, para que todos los vieran.
De repente, Leonor sintió que sobraba en ese lugar.
Recordó la última vez que había hablado con Rafael en casa; habían terminado peleando y él rompió el acuerdo de divorcio. Seguía siendo su esposa, aunque en ese salón, las risas y la alegría no le pertenecían.
—¿No me digas que apenas llegaste y ya te quieres ir? —preguntó Peter con cautela.
Peter siempre tenía su propio plan, buscando convencer a Leonor de sumarse a Finesse D'Or. Pero viendo cómo miraba ella la escena de abajo, entendió que tal vez esa noche no podría retenerla.


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