Leonor atrapó el delantal con una facilidad que solo da la costumbre. Fue un movimiento casi automático, tan grabado en su memoria que lo hizo sin pensarlo.
Sin embargo, al tener el delantal sucio en la mano, por primera vez no se lo ató de inmediato como solía hacer. Antes, en cada reunión familiar, Leonor era la que más se movía, la que no paraba ni un segundo.
Preparaban más de treinta platillos, y cada uno pasaba por sus manos: desde lavar y pelar los ingredientes, cocinar, hasta acomodar todo en los platos. Todo eso recaía siempre en Leonor.
El abuelo, compadecido, le decía que no se esforzara tanto, que en la casa de campo había chefs y mujeres que podían ayudar. Pero Leonor sabía que al abuelo le gustaba más la comida hecha por ella. Así que, en cuanto tenía oportunidad, se lanzaba a la cocina sin dudar.
El resto de los parientes, por respeto al abuelo, le soltaban uno que otro cumplido sin mucho ánimo.
Después de la comida, también era Leonor quien lavaba los trastes y limpiaba todo el desastre, porque su suegra insistía en que una mujer debía saber organizar la casa, que eso era ser una buena esposa.
Leonor terminaba exhausta, pero luego Rafael le daba las gracias. Y al escuchar ese “gracias”, todo el cansancio desaparecía...
Ahora que lo pensaba, había sido demasiado ingenua.
—¿Qué haces ahí parada? ¡Muévete de una vez! —le gritó Maite, impaciente.
Leonor ni se inmutó. Tiró el delantal sucio a un lado.
—En la cocina ya hay chefs y señoras. Si voy, solo voy a estorbar.
Maite la miró, sorprendida.
—¿Qué estás diciendo? ¿Desde cuándo una nuera de los Aranguren no ayuda en la casa?
—Tía, ¿acaso usted no es también nuera de los Aranguren? ¿Por qué no ayuda entonces?
La respuesta de Leonor dejó a Maite mordiéndose la lengua.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡Soy tu mayor! ¿Te crees igual que yo?
—Justamente por ser mayor, debería dar el ejemplo y enseñarnos a trabajar a los más jóvenes. Así que, si alguien debería ayudar, debería ser usted.
Las palabras de Leonor dejaron a Maite sin reacción, boquiabierta.
En todos estos años, Maite jamás pensó que Leonor pudiera contestar así, tan directa.
—¿Qué te pasa hoy? ¿Te tomaste algo raro? Magdalena, ven, mira lo que dice tu nuera.
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